INDICE DE CONTENIDOS

22 - ENSAYO SOBRE EL DON
21 - POR UN FEMINISMO DE LA RECUPERACION
20 - LO QUE SE OCULTA TRAS LA CUESTION DEL
VELO ISLAMICO .
19 - LAS SERRANAS (primer avance)
18 -EL CREACIONISMO Y LA DOMINACIÓN:
VIGENCIA DE KROPOTKIN
17 - LOS LIMITES Y LA COMPLACENCIA
16 - A LA VERDAD - Lope de Vega
15 - D. Quijote explica a unos cabreros la edad dorada y se declara defensor del modo de vida de las mujeres en aquellos tiempos (Miguel de Cervantes)
14 - LA DEGENERACIÓN DE LA RAZA HUMANA POR LA
PÉRDIDA DE SUS CUALIDADES FUNDAMENTALES.
13 - ¿DÓNDE ESTA WALLYS? (un juego semántico)
12 - EL EQUIVOCO DE NIETZSCHE
11 - El abrazo materno y el continuum del sistema sexual de
la maternidad: a proposito del Metodo Madre Canguro
10 - PARTO ORGASMICO: testimonio de mujer y
explicación fisiológica.
9 - Sobre la función orgánica y social de la sexualidad (I)
8 - Hace falta una Declaracion Universal de la Condicion
humana.
7 - Aunque el fascismo se vista de seda, fascismo se queda.
6 - Tres versos de Lope de Vega
5 - Nota aneja al libro Pariremos con Placer (2ª edición)
4 - El deseo materno existe y hay que decirlo
3 - Amamantar por placer (reseña de un libro)
2 - ¿Domina el sistema neurológico los demás sistemas del
cuerpo? - Las cosas como son y las palabras para decirlo
1 - Objetivos de AMARYI



lunes, 9 de agosto de 2010

Por un feminismo de la recuperación

Ponencia presentada en las Jornadas Valores Femeninos de la Logia femenina masónica
Barcelona, mayo 2010


En el patriarcado, todo el mundo está huérfano de madre
Victoria Sau

Cuando la madre antigua reverdece,
bello pastor, y a cuanto vive aplace

Lope de Vega

La madre como elemento determinante de la sociedad.

Con la sentencia ‘dadme otras madres y os daré otro mundo’, San Agustin ponía de manifiesto cuál era el punto débil de su proyecto de sociedad, y la necesidad que tenían de cambiar de una vez por todas a las madres. Cambiar a las madres para vencer a la naturaleza humana y su predisposición a organizarse y a vivir como lo había hecho durante mucho tiempo, sin dominio ni esclavitud, en paz y en cooperación (1). Nuevas madres para reproducir los filia continuadores de las empresas guerreras, humanos aptos para hacer la guerrao para ser esclav@s. No se podía hacer este mundo sin cambiar a la madre.
La sociedad patriarcal se levantó sobre un matricidio, acabando con las generaciones de mujeres con cuya desaparición desapareció también la paz sobre la Tierra (Bachofen). Y esta es la civilización que hoy todavía perdura, sin cesar de destruir la vida y de corromper la condición humana, más competitiva, más fratricida, más guerrera y más despiadada que nunca. Desde mi punto de vista, no es la economía lo que está en crisis, sino el modelo de civilización. La encrucijada en la que se encuentra la humanidad, lo que tenemos planteado, si es que queremos acabar con este mundo de dominación y sobrevivir, es la recuperación de la verdadera madre, y con ella las cualidades básicas de los seres humanos, que nos capacitan para el entendimiento (y nos incapacitan para el fratricidio).
Recuperar la madre verdadera es recuperar el entorno que la rodea, su habitat; Bachofen acuñó una palabra en alemán para definirlo: el Muttertum, hecha con el sufijo ‘tum’ (equivalente al ‘dom’ inglés) que significa el sitio, el lugar de la madre. Pero no es solo un espacio físico, sino un conjunto de relaciones trabadas con su fluido libidinal específico: el fluido femenino-materno, al hálito materno (2), porque las producciones de nuestro sistema orgánico libidinal, diseñado para organizar las relaciones humanas, son la materia prima del tejido social humano original. El Muttertum es entonces como la urdimbre de la tela social, como lo llamó en su preciosa metáfora Martha Moia (3): un conjunto de hilos, porque un hilo solo no hace urdimbre. Recuperar la madre verdadera entonces supone recuperar el colectivo de mujeres y su función colectiva dentro de un grupo social determinado. La recuperación de la madre no es una recuperación individual (aunque tenga una dimensión individual y corporal), sino la recuperación del femenino colectivo, del nosotras. Según Malinowski (4), las mujeres trobriandeses de un clan tenían un nombre colectivo, tábula; la tábula era la que atendía el parto de las mujeres del clan.
En castellano hay una acepción de ‘madre’ que es un vestigio de la madre ancestral, como lo de ‘salirse de madre’, que sería salirse del Muttertum que nos hace madurar y ser consistentes; también una acepción como fuente originaria de algo (‘la madre del vinagre’); o como la raíz de algo (cuando decimos que hemos dado con ‘la madre del cordero’). Si un río se sale de madre, todo se inunda y es el desastre. Pues así andamos la humanidad, salidos de madre, en permanente estado de esquizofrenia y cada vez con más brotes de violencia (Deleuze y Guattari, Laing).
Dice Ernest Borneman (5) que el surgimiento del patriarcado fue una contra- revolución sexual, en la que tuvo lugar la pérdida de los hábitos sexuales de las mujeres (désaccoutumance sexuelle en la versión francesa del libro); que sólo pudieron someter a las mujeres desposeyéndolas de su sexualidad, lo cual es consistente con los mitos originales de los héroes solares y santos que matan al dragón, a la serpiente o al toro. El rastro de estos hábitos sexuales que nos llegan a través del arte y de la literatura, es muy importante porque nos da una idea de lo que se llevó por delante la contra-revolución sexual.
Un lugar común de los hábitos perdidos son los corros femeninos y danzas del vientre universalmente encontradas por doquier, desde los tiempos más remotos (pinturas paleolíticas como las de Cogull (Lérida) o Cieza (Murcia), cerámica Cucuteni del 5º milenio a.e., arte minoico, etc.), que nos hablan de una sexualidad autoerótica y compartida entre mujeres, de todas las edades, desde la infancia. De entre los testimonios escritos, cito la letrilla de Góngora sobre las mujeres que habitaban nuestras serranías todavía en el siglo XVI, y que se reunían para bailar:

No es blanco coro de ninfas
de las que aposenta el agua,
o las que venera el bosque
seguidoras de Dïana;

serranas eran de Cuenca
(honor de aquella montaña),
cuyo pie besan dos ríos
por besar de ella las plantas.

Alegres corros tejían
dándose las manos blancas
de amistad, quizá temiendo
no la truequen las mudanzas.

¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!

Estas serranas, como las llamadas amazonas en otros lugares del mundo, eran mujeres que se iban a vivir al monte para preservar sus hábitos sexuales. Durante siglos, y enlazando con reductos del antiguo ‘paganismo’, sobrevivieron entre la complicidad y la calumnia (como la del romance de la Serrana de la Vera, que presenta a las serranas como salteadoras que secuestraban a los hombres para saciar su lascivia y luego matarlos). Pero la realidad podía más que toda la deformación, calumnia y mitología junta, y su existencia contaminaba a las demás mujeres que se escapaban de las aldeas por las noches para juntarse con ellas. En el siglo XVII se desató como es sabido una campaña de exterminio contra estas mujeres, y pasaron a la historia convertidas en brujas.
La naturaleza sexual de los juegos y corros femeninos ha sido también estudiada a través de las letras de sus canciones que han llegado hasta nuestros días (6) El hábito cotidiano de las mujeres de juntarse ‘para bailar’ y para bañarse es ancestral y universal, y nos acerca a vislumbrar el espacio colectivo de mujeres, impregnado de complicidad y basado en una intimidad natural entre las mujeres que hoy sólo prevalece en algunos lugares recónditos lugares del mundo. Hay pueblos de África en los que las mujeres todavía se reúnen por las noches para bailar (bailes claramente sexuales, como se puede ver en el reportaje fotográfico de Antonio Cores de las Nubas, tribu de Sudán (7)). La imagen de las mujeres del cuadro El Jardín de las Hespérides de Frederick Leighton (siglo XIX) es otro vestigio de esa relación de
complicidad y de intimidad entre mujeres.
Los hábitos sexuales de las mujeres nos remite a la sexualidad no falocéntrica de la mujer; a la diversidad de la sexualidad femenina, y a su continuidad entre ciclo y ciclo, entre una etapa y otra. Una sexualidad diversa y que se diversifica a lo largo de la vida, cuyo cultivo y cultura hemos perdido.
En el siglo pasado, el matrimonio Masters y Johnson (8) daba a conocer un resultado de sus investigaciones aparentemente sorprendente: anatómica y fisiológicamente el útero estaba diseñado para realizar 50 orgasmos consecutivos; por su parte, el Dr. Serrano Vicens (9), que realizaba una investigación sobre la sexualidad de la mujer en esa época, encontraba 35 mujeres que desarrollaban dicha capacidad orgásmica habitualmente. Ernest Borneman enseguida relacionó este dato con su punto de vista sobre el patriarcado como una contra- revolución sexual. La dificultad de entender lo que dice Borneman se debe a la noción que actualmente tenemos de la sexualidad, que nos presenta la capacidad orgásmica de la mujer descontextualizada de una sexualidad natural. Para entenderlo tenemos que re-contextualizarla en el modo de vida en el que se desarrollaba con normalidad.
Vivimos en un ambiente en el que nuestro sistema libidinal humano, diseñado filogenéticamente para trabar las relaciones humanas, esta congelado. Hoy las madres viven lejos de sus hijas y las abuelas vamos de visita a ver a l@s niet@s; la persona de la familia que nos echa una mano si enfermamos vive en la otra punta de la ciudad, y a penas conocemos al vecino o la vecina del rellano; l@s ancian@s son atendid@s por mano de obra barata de inmigrantes, y a menudo mueren solos en sus viviendas o en residencias; el mercado laboral obliga a las mujeres a dejar a sus criaturas también al cuidado de una inmigrante o en la guardería... etc. etc.. En definitiva, vivimos en ciudades, en las que estamos tod@s junt@s pero como desconocid@s, las calles llenas de gente que pasan unas al lado de otras como extrañas. Y sin embargo, la vida ha diseñado un sistema de producciones libidinales para mantenernos unid@s de verdad: las pulsiones amorosas, los sentimientos, la ternura, la caricia, el deseo de darse y de deshacerse en l@s demás, la gratitud como sentimiento de reciprocidad, los sentidos, la percepción del placer, el gusto por los besos y los abrazos, la capacidad orgásmica, el enamoramiento, los fluidos sexuales, las hormonas del amor, del cuidado y de la complacencia, etc., en fin, todo, absolutamente todo lo necesario para hacer una raigambre de sentimientos amorosos en la que cada persona participa con sus propias raíces; una raigambre que traba las relaciones humanas en base a la confianza, a la complicidad y a los sentimientos de empatía y de apego, las relaciones entre hermanas y hermanos. Todo para enamorarnos de los bebés y para que su cuidado se convierta en nuestro afán y en nuestro placer; para que los sentimientos echen raíces formando agrupaciones humanas de interacción amorosa y cooperativa, con producción abundante de generosidad, hospitalidad y sentimientos de gratitud para la correspondencia al derramamiento de l@s otr@s; grupos de seres humanos consistentes, no manipulables, fieles y leales a sus sentimientos para con su entorno, sus propias raíces enlazadas con las
raíces de sus herman@s. Así el cuidado de l@s demás, de l@s niñ@s, de l@s viej@s y de l@s enferm@s sólo sería un producto de los sentimientos que se realizaría amorosamente y no como un trabajo ingrato o mercenario. Pero nuestra sociedad está hecha para la competitividad y la dominación y tiene el sistema libidinal congelado; las relaciones humanas se establecen contractualmente al arbitrio del dinero, sin empatía libidinal. Dirán que para eso están los expertos que conocen las técnicas y los métodos para hacer las cosas. Como si nos diera igual que nos cuidase nuestra madre, o nuestr@s hij@s, un ser querido de nuestra confianza y de nuestra intimidad, o una persona desconocida.
En este contexto tenemos el concepto de sexualidad asociado, por un lado, a este estado de estagnación de la energía sexual, y por otro, a unas descargas periódicas directas de la carga acumulada, que además se vinculan a la práctica del coito, en la cual el deseo es cada vez más secundario e irrelevante; porque en el estado de congelación general del sistema libidinal, los encuentros amorosos también se institucionalizan y se convierten en contrato o pacto. Sin embargo, la sexualidad humana no es sólo coital, y tiene poco o nada que ver con la práctica del sexo sin deseo. Sabemos que los niveles de oxitocina suben en una reunión de amigas, o en una comida familiar de esas en las que nos sentimos a gusto. Y que las descargas más altas de oxitocina en la vida de una mujer se producen inmediatamente después del parto. También sabemos que los picos no aparecen por arte de magia, sino que todo es un continuum de procesos a lo largo de la vida y que unos son la preparación de los que vendrán después.
Por un lado nuestro modo de vida impide la continuidad de los procesos, y por otro la represión se centra en los picos, en las puntas del iceberg que ponen en evidencia el sistema general destruido. El deseo materno se captura antes de producirse para deformarlo y se le convierte en un deseo coital y edípico prohibido (Deleuze y Guattari) mientras que la noción general de la sexualidad es capturada y colonizada por la pornografía y la práctica del sexo sin deseo (tecnosexolgía). En esta situación, como digo, la capacidad orgásmica femenina estudiada por Masters y Johnson aparece descontextualizada, y sólo se puede asociar a una especie de orgía permanente o, como en un reciente artículo del New York Times (10), a la actividad sexual de las hembras bonobos que al parecer se pasan el día copulando. Sin embargo, los hábitos sexuales ancestrales de las mujeres nos muestran un desarrollo bien diferente de la energía sexual en la vida cotidiana, maternidad incluida. Las mujeres micénicas pintaban en los cántaros con los que iban a diario a por agua, unos pulpos con sus tentáculos ondeando y abrazando toda la panza de la vasija, emulando el recorrido del placer sobre sus cuerpos, como una humilde muestra de la integración del placer en la vida cotidiana.
El estudio de Serrano Vicens da un indicio de la naturaleza de la sexualidad de la mujer que todavía existía en los años cincuenta del siglo pasado en nuestro país, pese a la situación existente de individualización y de sometimiento al varón: en él se descubre que las mujeres se iniciaban en la sexualidad desde muy temprana edad, con juegos compartidos con otras niñas, siendo el autoerotismo y las relaciones lésbicas integradas en la vida cotidiana, algo muy habitual todavía en la España de aquellos tiempos. Las relaciones coitales sólo eran un aspecto más de sus vidas sexuales; y aquellas que más gozaban de su sexualidad, incluida la sexualidad coital, eran las que la habían desarrollado de manera diversificada y desde la infancia.

2.- La maternidad y la sexualidad femenina.-
La historia de la humanidad se divide en dos: antes y después del patriarcado; antes y después de las sociedades esclavistas. Entre una y otra parte de la historia humana, hay una discontinuidad en la noción de las cosas, de los conceptos y de los símbolos. Esta discontinuidad es perfectamente detectable, pero requiere de un esfuerzo especial porque ha sido sutilmente borrada en los medios de transmisión de los conocimientos, y la nueva noción de las cosas se asienta sobre un magma dogmático que nos cierra las puertas a la noción verdadera y genuina de la vida. Este dogma conceptual básico (Ruth Benedict (11)) presenta al ser humano arquetípico, como un ser dominador predispuesto para la guerra y para desplegar una capacidad y una voluntad de dominio supuestamente innatas (Amparo Moreno (12)). Intimamente unida a la noción de este arquetipo humano, tenemos una falsa noción de la madre y de la sexualidad humana.
La primera noción perdida es que la verdadera maternidad es un despliegue de nuestra sexualidad, y que la eliminación de la función social de la madre tiene una dimensión corporal y orgánica importantísima. Esta dimensión corporal del matricidio no es otra cosa que la contrarrevolución sexual que dice Borneman. La enemistad de la mujer con la serpiente (la pérdida de sus espacios y de hábitos sexuales) y su consecuencia, el parto con dolor, fueron –y son- claves para establecer la dominación del hombre sobre la mujer.
La asociación estadounidense Orgasmic birth, the best kept secret (Parto orgásmico, el secreto mejor
guardado) (13), está divulgando un documental con diversos partos orgásmicos, mostrándonos lo que ya había referido Juan Merelo Barberá (14) y otros estudios@s de la sexología del siglo pasado, sobre el orgasmo en el parto (Shere Hite, Masters y Johnson, Kinsey, etc.). El útero está diseñado para realizar 50 orgasmos consecutivos y para realizar el proceso del parto de manera placentera, sin violencia y sin dolor. Las llamadas ‘contracciones’ del parto deberían ser latidos: movimientos suaves de los potentes músculos de la bolsa uterina, que se encogen y se distienden, y se vuelven a encoger y a distender, rítmicamente; un movimiento ameboide con el que desciende el feto hacia la salida, al tiempo que los músculos circulares de la bolsa uterina relajan su función de cierre.
En ciertas regiones de Arabia Saudita, hoy todavía las mujeres forman corro alrededor de la parturienta bailando la danza del vientre, hipnotizándola con sus movimientos rítmicos ondulantes para que también ella se mueva a favor del cuerpo en lugar de moverse contra él. (15) Este es un ejemplo claro de la relación entre los hábitos sexuales perdidos en la contra-revolución patriarcal y el parto. En las auténticas danzas del vientre, los movimientos del vientre y de la pelvis están impulsados por la pulsión sexual, valga la redundancia, y se mueven acompañando el movimiento del útero.
Juegos y bailes en corro y danzas del vientre en la infancia, en la adolescencia y en la adultez, autoerotismo, intimidad y complicidad femenina, sexualidad coital y parto orgásmico. Así es la sexualidad de la mujer, diversa. La sexualidad de nuestro cuerpo no tiene como única orientación el falo. El falo-centrismo ha sido una consecuencia de la falocracia, de la dominación, que se impuso con la aparición de las sociedades patriarcales esclavistas.
Es preciso también mencionar la lactancia, un periodo importantísimo de la vida sexual de las mujeres. Ruth Benedict (16) contaba que hacia los años 30 del siglo pasado, las autoridades sanitarias japonesas quisieron promover el destete de la mujer a los 8 meses del parto, en una sociedad en la que la lactancia era muy prolongada y reconocida como un estado de gran placer para la mujer. Hicieron campañas con supuestos argumentos científicos para convencer a las mujeres de que era lo mejor para sus bebés. Pero aunque las convencían de que el destete era lo mejor para los bebés, no las podían convencer de que era lo mejor para ellas, y no estaban dispuestas a renunciar a dicho placer. En la época en que escribía el libro, Benedict decía que la campaña de destete a los 8 meses estaba siendo un fracaso. En Japón, cuenta Michael Balint (17) el amor materno es un concepto muy específico, y tiene su reconocimiento semántico: el amaeru. Según Balint, el amaeru o amor primal, se caracteriza por tener la mayor carga libidinal de la vida humana, porque es un amor para promover el deseo de un estado permanente de simbiosis.
La fisiología nos explica que la lactancia también es una parte de nuestro sistema sexual (18); la eyección de la leche cuenta con un dispositivo interno en la mujer, que se activa con la pulsión sexual y la consiguiente descarga de oxitocina; y al encajarse la oxitocina en sus receptores situados en las fibras mioepiteliales que recubren los alveolos de los pezones, pone en marcha su latido, el movimiento de contracción-distensión que bombea y eyacula la leche. Es el mismo dispositivo que tenemos las mujeres también para eyacular el flujo vaginal para el coito o para el trabajo del parto; el mismo dispositivo también en los hombres para bombear y eyacular el semen almacenado en la vesícula seminal. Es decir, es un dispositivo del sistema sexual, que se activa con la pulsión sexual, y que por eso se puede poner en marcha con una sola mirada de amor verdadero. El mapa de la ubicación de los receptores de oxitocina es el mapa de las principales zonas erógenas de la mujer, y explica la relación que el movimiento expansivo del placer establece entre ellas.
Se ha encontrado que la densidad de los receptores de oxitocina en las fibras musculares del útero es variable, y aumenta con la actividad sexual (19). Esto explicaría la función que tienen las pulsiones sexuales en la infancia (que si se producen es por algo y no son aberración alguna): la de desarrollar y hacer madurar los órganos sexuales. La sexualidad es una continuidad de fenómenos psicosomáticos a lo largo de la vida de la mujer, en la que unos fenómenos preparan los siguientes; durante la infancia para preparar la pubertad y tener reglas placenteras, y durante la adolescencia para tener coitos, embarazos, partos y lactancias placenteras. Así por ejemplo durante el embarazo aumentan los receptores de los pechos para prepararse para la lactancia, y por eso durante el embarazo aumenta la erogeneidad en esa zona del cuerpo.
Dice Lea Melandri (20) que la negación de nuestra sexualidad es una violencia interiorizada, que empieza cuando a la niña se le niega el cuerpo materno, y ve su propio cuerpo a través del cuerpo negado para ella de la madre; entonces interiorizamos el paradigma de mujer a través del filtro de la mirada del hombre. Esta negación y violencia contra nosotras mismas es el resultado inmediato del falo-centrismo que aplasta la diversidad de nuestra sexualidad. La relación madre-hija sería en términos libidinales la fuente principal del Muttertum humano, y por eso su destrucción es el principal objetivo del diseño artificial de las relaciones humanas.
Nuestra incorporación a la vida pública y la igualdad de los derechos sociales, no puede hacerse haciendo tabla rasa de lo que somos, ni haciendo tabla rasa del matricidio. En nuestra sociedad no hay espacio ni tiempo para la madre verdadera; ni para la madre ni para la mujer. Somos diferentes a los hombres y nuestra sexualidad no se complementa unívocamente con la sexualidad masculina. Necesitamos el reconocimiento, el tiempo y el espacio social para la otra sexualidad. La verdadera pareja no es la heterosexual adulta, sino la pareja simbiótica, la díada madre-criatura en donde empieza y se desarrolla toda la vida y la sexualidad humana, masculina y femenina. Si la sociedad no se vertebra desde la madre, si no reconstruimos el Muttertum, el espacio y el colectivo femenino,seguiremos viviendo una sociedad desquiciada, fuera de madre.
Las mujeres hemos recuperado subjetivamente nuestra dignidad; y hemos necesitado reconocernos iguales para empezar a reconocer nuestra diferencia. Y el reconocimiento de la diferencia nos ha llevado a la mujer perdida y prohibida que tenemos que recuperar, y con ella a la madre que cada ser humano y la sociedad necesita. Hay que tender la urdimbre. Y también hay que tramarla.

3.- Tramar la urdimbre.-
La función masculina no es conquistar ni dominar el mundo, sino tramar la urdimbre humana. Tramar la urdimbre significa hacerla sostenible y consistente, es decir hacer el tejido. Es igualmente una función colectiva. No se trata de una paternidad individual ni de que los hombres hagan de urdimbre, al estilo de la tradición de la covada (21), tratando de arrebatar la función femenina; aunque ahora pueda parecer algo necesario debido precisamente a la falta de la función colectiva femenina. Sería algo así
como volver a la familia extensa pero sin relaciones de dominación de ningún tipo. No se trata tampoco de la vuelta al hogar tradicional: la actividad profesional de las mujeres debería hacerse desde la urdimbre lo mismo que la actividad profesional de los hombres desde la trama, y nadie tendría que conquistar nada ni dominar a nadie. Como se había hecho siempre, durante miles de años, en otras civilizaciones.
Eso sí, quizá necesitaríamos durante algún tiempo que resurgieran los Quijotes (22) y los Arturos para defender la serpiente (la madre, la sexualidad femenina) y mantener el estandarte del dragón; como también haría falta seguramente el resurgir de las amazonas, y quizá tantas y tan variadas cosas como las que tuvieron lugar durante la larga y tenaz resistencia que la humanidad opuso a esta civilización.
La Mimosa, febrero 2010
______________
(1) La arqueología ha despejado cualquier duda al respecto, probando que la Edad Dorada no es un mito sino que fue realidad.
(2) El mutterlich de Bachofen quien nunca utilizó la palabra ‘matriarcado’. La tenacidad con la que se persiste en endosársela a Bachofen, y en utilizarla para referirse a la sociedad prepatriarcal, da la medida de lo importante que es erradicar la noción de la madre que no tiene nada que ver con jerarquías ni relación de poder alguna.
(3) El no de las niñas, la Sal edicions des dones, Barcelona 1981.
(4) The sexual life of savages in Western Melanesia, Beacon Press, Boston 1987 (1ª publicación 1929)
(5) Le patriarcat, PUF, Paris 1979 (1ª publicación, Franckfort 1975).
(6) El mismo Borneman ha recogido las canciones infantiles en alemán. En España, Mari Cruz Garrido ha
realizado un estudio creo que todavía inédito.
(7) www.antoniocores.com/Sudan-Photographs/006-Niaro-danza
(8) Human sexual response, Little, Brown &Co., Boston 1966.
(9) Informe sexual de la mujer española, Líder 1977, y La sexualidad femenina, Júcar 1972.
(10) Daniel Bergner, What Do Women Want? http://www.nytimes.com/2009/01/25/magazine/25desire-t.html?
(11) Patterns of Culture; y Continuities y Discontinuities in cultural conditioning (éste último colgado en sites.google.com/site/rescatandotextos
(12) El Arquetipo viril protagonista de la Historia, la Sal ed. De les dones,1987, y La otra política de Aristóteles, Icaria 1988
(13) www.orgasmicbirth.com
(14) Parirás con placer, Kairos 1980.
(15) VV.AA. Mamatoto, la celebración del nacimiento, Plural ediciones.
(16) El crisantemo y la espada, Alianza 2006 (1ª publicación, 1946).
(17) La Falta Básica, Paidós 1993 (1ª publicación, 1979)
(18) Martín Calama, J., ‘Fisiología de la lactancia’, Manual de Lactancia Materna, AEP, ed. Medica
panamericana, 2008.
(19) Entre otros: Odent, M., La cientificación del amor, Creavida, 2001. Insel y Saphiro en Pedersen et al., Oxitocyn in sexual, maternal, social behavior, Annals of the N.York Academy of Sciences 1992.
(20) La infamia originaria, Hacer/Ricou, Barcelona, 1980
(21) Victoria Sau, ver Diccionario Ideológico Feminista, y también en Reflexiones Feministas para principios de siglo.
(22) Ver declaración del Quijote a los cabreros de su condición de caballero defensor de la edad dorada, y del modo de vida de las mujeres en aquellos tiempos.

domingo, 8 de agosto de 2010

Lo que se oculta tras la cuestión del velo islámico




















El baño turco - Jean Dominique Ingres (1862)
Museo de El Louvre



¿Por qué la polémica sobre el velo islámico ha sido desatada por los grupos más xenófobos de extrema derecha (recordemos que empezó el famoso alcalde de Vic), los mismos que veneran un paradigma de mujer casi siempre tocada con velo (la virgen María etc.)? ¿Por qué el velo de la madre Teresa de Calcuta, por poner un ejemplo, no se considera un atentado a la dignidad de la mujer y en cambio el de la mujer islámica sí? ¿Cuál es la diferencia? ¿Qué es lo que explica la actual persecución del velo islámico?


Mi modesta opinión es que detrás de la prohibición del velo islámico se cuece y se oculta una política de choque de civilizaciones, adobada de islamofobia. A su vez, tras la islamofobia, que es una pieza de la estrategia del nuevo orden mundial puesta en marcha tras la caída del muro de Berlín, hará unos 20 años, se oculta otra cosa además de la conquista del petróleo. La importancia y el alcance político de lo que se cuece y se oculta detrás de la polémica sobre el velo islámico es lo que se cuece y se oculta en el cuerpo de la mujer que se tapa con el velo islámico: su sexualidad prohibida.

Decía Cervantes, en la famosa arenga del Quijote a los cabreros, que las mujeres en la edad de oro (es decir, antes del patriarcado y de la sociedad esclavista) andaban ‘en trenza y en cabello’, es decir, destocadas, y sin riesgo de que lujuria alguna pudiera ofenderlas. Hace poco leí también un artículo sobre los Mosuo, el pueblo matrifocal del sur de China, uno de los pocos que perviven en el que las relaciones de parentesco no se basan en el matrimonio y gozan de libertad sexual, en el que la articulista destacaba la ausencia de agresiones y de violencia sexual que dicha libertad producía. Esto mismo decía también Cervantes, sobre la mujer en la edad de oro, pues en la sociedad anterior al tabú del sexo, en ausencia de represión de las pulsiones sexuales, la sexualidad de la mujer era igualmente libre y podía manifestarse libremente sin temor a agresión o abuso; y yo añado siguiendo a Reich, a Borneman y a tant@s otr@s, que no solamente podía sino que la libertad sexual femenina era un elemento imprescindible de la armonía entre los sexos. (*)
El régimen de represión sexual vino acompañado de las túnicas y de los velos para ocultar el cuerpo y su capacidad de seducción; como se dice en el mismo libro del Génesis, aparecieron la vergüenza, el recato y el pudor inexistentes en las sociedades espontáneas, cuando no había nada que prohibiera el funcionamiento de los sistemas orgánicos corporales. Claro que la represión sexual a quien concernía específicamente era a las mujeres, y eran éstas las que tenían que cubrirse para desvelarse sólo ante el marido. Estamos hablando de los tiempos en los que existía todavía esa otra sexualidad femenina que ahora ha desaparecido debido, según palabras del propio Freud, a haber sido objeto de una represión particularmente inexorable, y que por ello ahora es difícil de devolver a la vida; Freud, claro está se refería a la mujer de la sociedad europea del siglo XIX.
Sin embargo, esa sexualidad que ha sufrido una represión particularmente inexorable no ha desaparecido del todo. Mientras que la cultura occidental-anglosajona iba poniendo a punto un modelo de mujer masculinizada, con unas enormes dosis de violencia interiorizada para inhibir toda su sexualidad no falocéntrica, en las cárceles del patriarcado islámico se ha mantenido esa sexualidad en cautividad. Como el insecto fósil que se ha conservado en el interior de un trozo de ámbar, la otra sexualidad femenina ha seguido produciéndose enclaustrada en los espacios femeninos que la cultura islámica ha mantenido, unos espacios de concentración femenina, en las aldeas y en los barrios de las ciudades. El peligro es que con la globalización y los movimientos migratorios y turísticos, la mujer occidental puede entrar en contacto con la mujer que se esconde tras el velo islámico, y descubrir que su propio cuerpo es otra cosa distinta de lo que ahora cree que es. Porque entonces, eso que parece tan difícil de volver a la vida, quizá dejaría de serlo, y nuestros cuerpos acartonados recuperarían fácilmente su vitalidad.
En el siglo XVIII, una dama anglosajona, Lady Montagu, relató su visita a unos baños femeninos en Turquía, relato que inspiró el famoso cuadro de Ingres, ‘El baño turco’, que está en el Museo del Louvre. Lady Montagu en sus cartas, publicadas en 1781, aseguraba que las mujeres árabes tenían más libertad, incluida la sexual, que las europeas, y eran más abiertas y más hospitalarias. Decía, entre otros comentarios significativos, que se reían del corsé con el que “los maridos occidentales encerraban a sus esposas”. Ellas, con el cuerpo desnudo y libre bajo la túnica, no podían entender el uso de una prenda como el corsé.

El mismo impacto que le causó a Lady Montagu la visita al baño femenino turco en el siglo XVIII, me lo produjo a mí una visita a un hamman de la medina de Fez en 1993. En 2003 escribí sobre ello en una ponencia para unas jornadas en Vitoria (colgada el el google site casildarodriganez), y de alguna manera venía a decir lo mismo que ahora leo en el relato de Montagu, la misma sorpresa, incluida la de la hospitalidad de las mujeres que nos invitaron a pasar a bañarnos.
Creo que es necesario explicar estas experiencias, porque sólo por la vía lógico-racional no se puede atravesar el magma dogmático de nuestra civilización, uno de cuyos pilares es la normalización del estado de represión de la mujer. Mis opiniones sobre la sexualidad femenina, de algún modo nacen de esta visita al hamman de Fez, y de otras experiencias que en su día me conmovieron profundamente. De otro modo, yo nunca me hubiera podido imaginar lo que es la mujer, a pesar de yo serlo, pero educada y formada en una visión básicamente distorsionada de nuestro sexo.
A menudo me he referido a la experiencia de la maternidad y a la conmoción vivida en el primer postparto, que no entendí de manera lógico-racional hasta casi 20 años después, cuando leí El bebé es un mamífero de Michel Odent: la explicación de la impronta -la producción de las descargas más altas de oxitocina de la vida de una mujer- re-situaba la experiencia en el terreno de la sexualidad femenina. Estuve varios años buscando literatura que relacionase maternidad y sexualidad (en la biblioteca del Instituto de la Mujer en Madrid, introduciendo las dos palabras ‘sexualidad’ y ‘maternidad’ sólo salió un artículo de Ana Maria Carrillo publicado en una revista mexicana, que afirmaba que podía haber placer en el parto y en la lactancia, sin aportar explicaciones o datos). El monográfico de Integral sobre Embarazo y Parto gozosos (anterior a la compra de la revista por RBA) me puso en contacto con la comadrona Adela Campos y ella me fotocopió y me envió el libro de Juan Merelo Barberá. Así empezó todo mi descubrimiento de la sexualidad femenina. Entendí mi experiencia y escribí el libro La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente: ¡Vaya desestructuración de los esquemas y vaya cambio de cosmovisión que implica el sólo hecho de situar la maternidad como un proceso de la sexualidad de la mujer! Nada menos que la apertura a la desedipización, como si un vendaval de golpe hubiese abierto las puertas que cerraban el ámbito de la psique primaria de par en par.

Cuando experimentamos una conmoción importante, aunque de momento no se entienda, de alguna manera se queda fijada en el cuerpo, en las células en general, y en la memoria; y si más adelante aparece una información que la explica y la hace coherente racionalmente, la conmoción se reaviva y entonces se convierte en la más profunda de las convicciones. Pues algo parecido a lo ocurrido con mi maternidad, me pasó también con la visita, hace diecisiete años, al hamman de Marruecos, la misma conmoción, como digo, que la de Lady Montagu, cuya descripción motivó el cuadro de Ingres.

Estábamos de vacaciones y fuimos a parar a una pensión en la medina de Fez, es decir, no en el barrio europeo sino en la misma medina, una pensión que claro está no tenía duchas, porque en la medina la gente se baña en el hamman, que estaba justo enfrente de la pensión. De 3 a 8 de la tarde para las mujeres -nos dijo el de la pensión- y los hombres por la mañana y después de las 8 (éramos un grupo de dos mujeres y tres hombres). Cuando entramos en el hamman nos quedamos petrificadas, como si estuviéramos en otro planeta, en una historia de ciencia y ficción: una sala grande y las mujeres sentadas en el suelo, en pequeños grupos, haciendo corrillos, desnudas, echándose agua unas a otras con cubos y palanganas, charlando, riendo, echándose henna, comiendo naranjas, ofreciéndose gajos y flores de azahar (era Semana Santa) unas a otras, de todas las edades, ancianas, menos ancianas, jóvenes, menos jóvenes, niñas, etc. Luego vimos que había tres salas más, la última con el pilón que recogía el chorro de agua hirviendo y otro pilón de agua fría. El sistema funcionaba a base de cubos de polietileno negros, se cogía agua caliente y se mezclaba con la fría hasta obtener la temperatura apetecida. Además de los cubos había pequeñas palanganas para coger agua de los cubos y echársela unas a otras por la cabeza y por el cuerpo. Pienso que hasta la aparición del agua corriente y el sistema de las duchas, la gente se lavaba así, y recuerdo que en la cárcel a veces no teníamos duchas y también nos lavábamos echándonos jarras de agua, unas a otras. Pero la conmoción, claro, no fue por el sistema de lavado, sino por las mujeres. Nunca había visto un tipo de mujeres así, la manera de reírse, el brillo de sus ojos, la forma de hablarse unas a otras, la sensualidad, la complicidad, sobre todo la confianza, la confianza en colectivo, en grupo, como la de los cachorros de una camada de perros, arrebujad@s un@s con otr@s y que se dejan caer un@s encima de otr@s, como la cosa más obvia y natural del mundo. Todo era sorprendente, tanto la expresión de cada mujer, como la relación entre ellas; y lo más sorprendente de todo era la existencia del colectivo humano con ese grado de confianza y de intimidad, un grado de confianza y de intimidad que sólo se da en las relaciones habituales cotidianas. Recuerdo que nos quedamos petrificadas porque tuvimos la sensación de estar profanando una intimidad de la que éramos ajenas; pero al percatarse ellas de nuestro azoramiento, y de que estábamos a punto de dar media vuelta y salir corriendo, se acercaron para invitarnos a pasar y nos guiaron a unas taquillas donde dejar las ropas, y luego a los pilones donde se cogía el agua. No fue una invitación formal, sino un gesto de apertura para ser una más entre ellas, un gesto al que no supimos corresponder, pues no estábamos a la altura de las circunstancias. Para ellas éramos mujeres y eso bastaba para ser consideradas sus hermanas o compañeras. Pero nosotras no lo sabíamos, no nos sentíamos parte de aquella fiesta y no supimos aceptar la invitación. Una mujer nos acompañó hasta los pilones y, mientras que nosotras nos lavábamos con los geles, ella nos iba echando agua con una palangana; luego nos secamos, nos vestimos y nos marchamos rápidamente.
Aunque en aquel momento no entendí lo que había visto, la conmoción también se me quedó grabada, y varios años después, con las lecturas de Merelo Barberá, Melandri, Irigaray, Choisy, Serrano Vicens, Newton, etc., me pasó lo mismo que con la experiencia de la maternidad, y la conmoción se convirtió también en una profunda convicción: había visto con mis ojos un atisbo de lo que Freud decía que era tan difícil de devolver a la vida. Claro que Freud nunca estuvo en un hamman en donde todos los días las mujeres se bañan juntas, y sólo conocía a las mujeres que acudían a su consulta a psicoanalizarse. En la ponencia que presenté en Vitoria en el 2003, ya decía que se podía entender el por qué esas mujeres tenían que llevar velo e ir por la calle tapadas y bien tapadas: para que no se viera lo que no tenía ni siquiera que existir. Lo que no podía trascender al espacio público y debía permanecer enclaustrado.
Hay, pues, una sexualidad femenina que se ha conservado en el mundo musulmán, como un resto fósil de las generaciones primitivas de mujeres de las que habla Bachofen en el Das Mutterrecht: una sexualidad, encerrada y cercada, pero también de algún modo reconocida. Pues el espacio colectivo femenino que supone el hamman, implica un reconocimiento que nosotras las mujeres europeas no tenemos; y es difícil imaginar que los hombres de nuestra sociedad aceptasen que sus mujeres se pasasen todas las tardes de su vida juntas en un baño turco como el del cuadro de Ingres. Porque no es que fuesen nada más que a lavarse. Las mujeres de Fez estaban allí solazadas, instaladas, pasando la tarde. Como decía Góngora de la serranas de Cuenca, que iban al pinar, ’unas por piñones y otras por bailar’.
La dominación del hombre sobre la mujer extendida sobre todo el planeta a lo largo de 5000 años, ha adoptado diferentes formas y cauces, y uno de ellas es la forma que adoptó en el mundo islámico: el hombre es dueño de la mujer a la que encierra y oculta para su uso exclusivo. Pero este modelo basado en una represión externa estricta de la mujer, al menos en la apariencia actual, es en cambio más laxo en cuanto a la exigencia de autorepresión de las pulsiones sexuales; y la mujer árabe tiene menos interiorizada la represión, lo cual la permite conservar en alguna medida su sexualidad no falocéntrica, esa que en otros modelos se ha ido cercenando de un modo tan absoluto, con un medio infalible: eliminando los espacios colectivos de mujeres. No sé si el hamman de la medina de Fez, y otros, seguirán existiendo. Es posible que el modelo anglosajón esté penetrando a través de las monarquías árabes que tienen buenas relaciones con el mundo occidental. Pero ciertamente, lo que vio y describió Lady Montagu en el siglo XVIII ha seguido existiendo al menos hasta finales del siglo XX.
Para estar más tranquila, decía una mujer que usaba burka, en una reciente entrevista publicada en el diario Público; porque ella quería y no porque su marido o el Corán se lo mandasen. Decía que empezó a usarlo por propia decisión cinco años después de casada, y que ahora llevaba viuda cuatro años y que seguía usándolo, por lo tanto que no era porque su marido se lo mandase sino porque lo quería ella, porque así ‘estaba más tranquila’: una razón obviamente de lo más contundente. Al leer esta declaración me acordé de Cervantes y de los tiempos en que las mujeres no tenían que usar velos para andar tranquilas, y podían ir “en trenza y en cabello”. Nosotras con nuestros cuerpos acartonados podemos andar también tranquilas exhibiendo nuestros cuerpos en el estado de acorazamiento y de retracción pulsátil en el que habitualmente sobrevivimos. Y ponernos ropas bien ajustadas, porque cuanto más apretadas menos libertad y menos posibilidades de pulsación corporal. El acorazamiento convierte la epidermis preparada para el contacto externo, en su contrario, en una armadura exterior, en un sistema de defensa, viniendo a ser la ropa ajustada como una segunda línea de defensa. En cambio la ropa suelta (las mujeres musulmanas suelen ir desnudas debajo de las túnicas), deja el cuerpo por debajo libre. Antes, toda la vida las mujeres habíamos usado faldas (y también los hombres), y también tuvo su significado que las mujeres cambiásemos las faldas por los pantalones.
Creo que la afirmación de que la túnica y el velo menoscaban la dignidad de la mujer, tal y como se está diciendo en los medios de comunicación, es una verdad a medias; y en la medida en que se pretende la verdad entera, se vuelve un mecanismo de ocultación de la otra parte de la verdad. La mujer utiliza la túnica y el velo para no exhibir públicamente su sexualidad y para preservar una intimidad que en este mundo de represión no puede ser mostrada. Y porque tapándose con túnicas y velos no tienen que tensar ni encoger el cuerpo para mostrarse con el adecuado nivel de rigidez corporal que esta sociedad requiere; como decía la mujer entrevistada por Público, puede estar más tranquila. Es mejor ponerse un velo que tensar los músculos y convertir la propia cara en una máscara. Cierto que la otra parte de la verdad es que, en la medida en que ante el único hombre que la mujer islámica se descubre es el marido, el velo puede considerarse como un indicador de la dominación masculina. Pero esta parte de la verdad, dicha así sin más, descontextualizada, es una ocultación de la realidad de la mujer musulmana.
Lo que sucede es que se aprovecha el desconocimiento de la situación, y la ignorancia respecto a la sexualidad femenina, para dar una visión torticera del uso del velo; y sobre todo para que no nos percatemos de que existe esa otra sexualidad; ni nos percatemos tampoco de la represión que las mujeres occidentales tenemos interiorizada que es precisamente lo que hace innecesario el tipo de represión externa que sufre la mujer musulmana; ni que nos demos cuenta de que el yoga y otras similares que ahora se propician, en realidad son gimnasias de mantenimiento de los cuerpos acartonados y ejercicios de sublimación de su líbido. Entonces ciertamente, con nuestro grado de acartonamiento tenemos libertad para andar por la calle, y medio desnudas si queremos.
Claro que es verdad que los maridos musulmanes vigilan, mandan y ordenan la reclusión de sus mujeres. Claro que la represión patriarcal de la mujer musulmana es medieval. Pero de lo que se trata es del tipo de represión que se practica, que es más externa y con menor componente de represión interiorizada, menor auto-inhibición. Aunque vivan en una cárcel y no puedan salir a la calle –que tan poco es así en general- tienen un nivel de autorrepresión y de violencia interiorizada menor. Para encarcelar las células, las vísceras, la memoria y la conciencia hace falta un proceso represivo desde la etapa primal durante toda la infancia, que es lo que se hace en nuestra sociedad.
En pocas palabras, se contrapone la condición de la mujer islámica como una situación de represión, a la nuestra como si la nuestra fuese una situación de libertad, cuando en realidad se trata de dos modelos de represión diferentes, uno con mayor grado de represión externa y otro con mayor grado de auto-represión. Y lo que se pretende con la contraposición es que las mujeres occidentales, y en general la gente de bien, apoyemos la guerra contra el mundo árabe supuestamente para ‘liberar’ a las mujeres musulmanas; en realidad, para que ellas adopten nuestro modelo de represión.
Mi ponencia de Vitoria 2003 se titulaba ‘la violencia interiorizada en las mujeres’, empleando la expresión de Lea Melandri en La Infamia Originaria. Nuestros cuerpos tienen mucha, muchísima violencia interiorizada, para tener el grado de acartonamiento que tienen. Nuestros cuerpos están hechos de la represión de nuestras pulsiones sexuales a lo largo de todo su desarrollo desde que nacemos (empezamos a vivir desposeídas del cuerpo materno, lo que implica la congelación patológica del sistema libidinal de la etapa primal). Es una violencia interiorizada, que institucionaliza la inhibición de la pulsión sexual. Es significativo el que en algunas ocasiones me hayan quitado el título de ‘La violencia interiorizada en la mujer’, y puesto cualquier otro más neutro, como ‘Feminismo y Maternidad’. Porque el título, que resume el texto de Melandri, en realidad resume la tragedia de la devastación femenina. Son palabras significativas y se censuran, por la misma razón que la Wikipedia describe el cuadro de Ingres como un 'harén' en lugar de un 'baño’ colectivo de mujeres. Una de las cuestiones sobre las que se ha focalizado la censura efectuada sobre mis escritos, al menos de la que he podido tener conocimiento, ha sido la de la sexualidad femenina (la otra ha sido la cuestión de la autorregulación, la función de la libido y la negación de la jerarquía –poniendo matriarcado en vez de maternal, etc.-)
Para entender la persecución actual al velo islámico se requiere la perspectiva histórica de todo lo que se ha hecho para eliminar esta sexualidad femenina, tanto física como conceptualmente (desde ‘la desaparición’ de las significativas 1400 historias sexuales de mujeres recogidas por Ramón Serrano Vicens a mediados del siglo pasado, hasta las sucesivas matanzas de los colectivos de mujeres que de diferentes maneras conservaban su sexualidad -como lo de de nuestras serranas ibéricas yéndose a vivir ‘en despoblado’ hasta que la Santa Inquisición acabó con ellas-, pasando por la actual medicalización de la maternidad y todos los tabús y prohibiciones tradicionales perpetradas para sustraer la sexualidad del proceso fisiológico materno; sin olvidarnos del invento de la religión de las diosas prepatriarcales para ocultar las pruebas arqueológicas). La matanza del dragón, del toro y de la serpiente, las heroicidades que sacralizaron el arquetipo masculino de nuestra historia, se han llevado a término de manera muy concreta y los mitos solo recubren y falsean la Ilíada de sufrimientos de la historia real de la mujer patriarcal (Romeo de Maio).
Nadie mejor que los que se proclaman seguidores de los primeros patriarcas, los sonnemensch matadragones que arrasaron la sexualidad de la mujer para hacerla su esclava -ciertamente matando algo más que dragones imaginarios-, nadie mejor que ellos, digo, para reconocer el margen de sexualidad femenina que todavía se desarrolla en los campos de concentración del mundo musulmán, y el peligro que su existencia supone.
Lo que se persigue con esta prohibición no es devolver la dignidad a la mujer, sino normalizar el modelo falocéntrico de mujer en el mundo islámico, y que las mujeres musulmanas, al quitarse el velo tengan que interiorizar la represión, como hacemos las europeas. Cosa que en cierta medida ya tienen que hacer las mujeres musulmanas que emigran y dejan atrás su modo de vida y sus costumbres.
Hoy como hace 5000 años, el principal enemigo de la dominación es la sexualidad femenina de la que depende la verdadera maternidad, y por lo tanto, la vía fundamental de recuperación de la humanidad.
La Mimosa, julio 2010
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(*) Nuestra civilización se empeña en ocultar la naturaleza bondadosa de las pulsiones sexuales. Pero la historia, la antropología y la arqueología han corroborado lo que la sexología científica ha mostrado, a saber, que las pulsiones sexuales espontáneas son propias de los cuerpos en estado amoroso, y se producen para procurar el amor y el cuidado entre los congéneres; y no se producen en los cuerpos en la tensión del estado de guerra (baste saber que el sistema neuro-endocrino-muscular de un cuerpo en estado de guerra no solo es diferente, sino además antagónico e incompatible con el sistema neuro-endocrino-muscular de un cuerpo en estado amoroso). Y es el régimen de represión sexual lo que produce el desquiciamiento de dichos sistemas y la agresividad de las personas.

Las serranas, primer avance

Aviso: ante la imposibilidad de colgar aquí los poemas adjuntos a este texto, remito al lector o lectora interesado/a a: sites.google.com/site/casildarodriganez donde está colgado este texto con los poemas adjuntos que se mencionan.

En nuestra literatura clásica son abundantes los romances, las serranillas, y hasta las obras de teatro que tienen de protagonistas a las serranas, a veces también llamadas ‘vaqueras’, porque criaban vacas (como las del Arcipreste de Hita de la zona de Segovia (archivo adjunto 1) o la de la Finojosa del Marqués de Santillana (adjunto 2)). Se trataba de mujeres que vivían ‘en despoblado’, es decir, en las sierras, en cuevas o en chozas.
En las obras de teatro de Lope de Vega, de Velez de Guevara o de Tirso de Molina, la razón de la mujer de irse a vivir ‘a despoblado’ era el despecho originado por una felonía sufrida de un hombre, despecho que las lleva a una actitud general contra los hombres y a un deseo de venganza contra el otro sexo. Sus vidas en las sierras estaban dedicadas al bandolerismo, a atacar a hombres, robarles, zurrarles e incluso matarles.
Leonarda, La serrana de la Vera de Lope, era tan robusta como hermosa, manejaba armas, tiraba a la barra, regía caballos con las piernas mejor que un jinete con bocado, y tenía aficiones hombrunas… Leonarda al ser agredida y humillada por un hombre, se embravece y hace el juramento de vivir siempre en despoblado, de aborrecer a los hombres/y de tratar con las fieras;/ de salir a los caminos/ y hacerles notable ofensa;/- de matar y herir tantos,/ que haya por aquestas cuestas/ tantas cruces como matas,/ tanta sangre como adelfas…
La serrana de la obra de Velez de Guevara, se llama Gila la serrana, y también por una venganza jura no vivir más en poblado y matar a cuantos hombres encuentre. Cumpliendo su promesa, vive entre riscos, despeñando a todos cuantos se le acercan con la esperanza de disfrutar de sus favores.
Baltasar Enciso, también escribe un auto sacramental La serrana de la Vera o La Montañesa (1618), y Lope vuelve a tocar el tema en Las dos bandoleras. Tirso de Molina aporta su obra La condesa-bandolera o La ninfa del cielo, y existe otra atribuída a Calderón titulada La bandolera de Italia o La enemiga de los hombres.
(No he leído ninguna de estas obras de teatro, lo que aquí cito está recogido en la enciclopedia Espasa, que da como fuente: Menéndez Pidal y M. Goiri de Menéndez Pidal, Teatro Antiguo Español)
Esta imagen de serrana salteadora y matahombres contrasta con la imagen que nos da Góngora (adjunto 3) en su letrilla, que es una estampa bucólica de mujeres que bailan en corro.

En los pinares del Júcar
vi bailar unas serranas
al son del agua en las piedras
y al son del viento en las ramas;
no es blanco coro de ninfas
de las que aposenta el agua,
o las que venera el bosque
seguidoras de Dïana;
serranas eran de Cuenca
(honor de aquella montaña)
cuyo pie besan dos ríos,
por besar de ella las plantas.


Alegres corros tejían,
dándose las manos blancas
de amistad, quizá temiendo no la
truequen las mudanzas.

¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!

Luis de Góngora y Argote

En una cantiga de Gil Vicente (adjunto 4) (que recogía canciones populares y las insertaba en sus obras de teatro) tenemos quizá la clave:

Dicen que me case yo
no quiero marido, no.
Mas quiero vivir segura
nesta sierra a mi soltura,
Que no estar a la ventura
Si casaré bien o no

Madre no seré casada
por no vivir vida cansada,
o quizá mal empleada
la gracia que Dios me dio.

No será ni es nacido
tal para ser mi marido;
y pues que tengo sabido
que la flor yo me la só,
dicen que me case yo
no quiero marido, no.

En donde se muestra que vivir en ‘despoblado’ era una opción que tenían las mujeres, algo que estaba dentro de sus posibilidades, y que no era una reacción de odio y de venganza ante una mala pasada; lo cual no quiere decir que también a veces fuera así, y que si a una mujer le iban mal las cosas con el marido, entonces decidiera irse a vivir a la sierra. Sólo por dar a las mujeres una opción altenativa a la dominación machista, se entiende que las serranas fueran exterminadas. También se entiende que se hiciera el mito de la serrana salteadora y matahombres, para desfigurarlas.
La letrilla de Góngora nos muestra también que no eran casos individuales, sino que había una relación entre ellas (y además una relación lúdica), con lo cual se entiende lo que dice la mujer de la cantiga de Gil Vicente que no quiere ser casada ‘por no vivir vida cansada’. El aspecto de la opción sexual también se cuenta: por no ver mal empleada la gracia que Dios me dio, a lo que luego añade que la flor yo me la só.
Tampoco debe ser del todo cierta la imagen de las serranas ávidas por llevarse un hombre a la cama, pues, por ejemplo, la vaquera de la Finojosa del Marqués de Santillana -que también era una serrana como se desprende de lo que dice- le da esta respuesta a las insinuaciones del caballero:

Non es deseosa
de amar, ni lo espera
aquesa vaquera
de la Finojosa


El relato del Arcipreste de Hita de sus encuentros con cuatro serranas vaqueras
(la Chata de Malangosto, Gadea de Riofrío, Menga Lloriente de Cornejo y Aldara de Tablada) ofrece una gran cantidad de detalles concretos que permite hacernos una idea, sobre todo de sus relaciones con los hombres que aparecían por sus territorios. De entrada el hombre se suele mostrar más bien humilde y respetuoso, pidiendo posada por favor, y acompañando su petición con palabras lisonjeras y amables; quizá porque sabían que en el terreno del enfrentamiento físico tenían las de perder (las serranas tenían fama de buenas luchadoras, se menciona su buen manejo de la cayada y de la honda, como armas), y porque también sabían que por las buenas y pagando lo debido, no tendrían problemas. En los relatos del Arcipreste queda también claro que las serranas solían exigir el pago de un peaje por pasar por sus caminos, o por mostrárselos a los viajeros que se perdían por las sierras. Lo cierto es que parece que eran las que controlaban las sierras. Una cantiga recogida por Gil Vicente (adjunto 4) dice: ¿por dó pasaré la sierra/gentil serrana morena?
La descripción del desarrollo de los encuentros es muy parecida en casi todos los casos (excepto en el romance La serrana de la Vera, al menos en la versión recogida por Menéndez Pidal (adjunto 5), en el que se da una imagen de una serrana cruel). En general el encuentro empieza con un especie de tanteo mutuo para llegar aun acuerdo sobre el precio que ha de pagar el hombre (en general en especies: abalorios, ‘joyas’ vestidos, calzado, zurrones, etc.) a cambio de cobijo, comida, cama e indicaciones de por dónde seguir el camino; alguna vez no hay trato, bien porque se tuerce o bien porque se gustan y se van juntos sin trato. Pero parece que lo del trato era lo frecuente y lo normal. En general, el tema del encuentro sexual suele estar siempre destacado en el relato como algo del agrado de las dos partes. Unas veces es él el que muestra más interés, otras veces es la serrana. Pero tanto el Arcipreste como Santillana, Gil Vicente o Góngora dan una imagen amable de las serranas. El Arcipreste las describe como fuertes, capaces, hábiles, hospitalarias y en el fondo, condescendientes y de trato fácil.
La cantiga de Gil Vicente por dó pasaré la sierra, tiene las características de las canciones de corro infantiles, en la que casi todo se dice entre líneas.
También tenemos una descripción del modo de vida, los enseres que tenían, las labores de artesanía y de ganadería que realizaban, su habilidad para la caza y para moverse por los parajes agrestes etc.
Este tema de las serranas permite entender mejor el proceso por el cual se fueron sustrayendo los hábitos sexuales femeninos, y todo lo dicho sobre los juegos de corro y las danzas del vientre. (Ver el librito Pariremos con placer y la ponencia Por un feminismo de la recuperación).
La caza y captura de las serranas por la Santa Inquisición prosigue el proceso de los primeros héroes solares, que desde luego no sólo mataron dragones imaginarios. En la cerámica popular en el siglo XVII desaparecen los dibujos de mujeres, de peces, de dragones, de pájaros con huevos y formas uterinas reticuladas, etc., como cualquiera puede observar en una visita a los museos de cerámica, por ejemplo, de Pedralbes en Barcelona o de Valencia.
Esta persecución perdura, pues los alfares que habían empezado a recuperar dibujos antiguos que hacen referencia a los símbolos de la sexualidad femenina, se están encontrando con algo más que dificultades.
Para terminar este primer avance, en la voz ‘Serranilla’ de la enciclopedia Espasa, dice: composición lírica de asunto villanesco o rústico, y las más de las veces, erótico, escrita, por lo general, en metros cortos.

Tan interesante y apasionante ha resultado para mí este descubrimiento de nuestras amazonas ibéricas, que cuelgo ya aquí estas líneas. Como digo al principio, remito a quien desee leer los poemas referidos a: sites.google.com/site/casildarodriganez.
La Mimosa, abril 2010



martes, 6 de abril de 2010

El creacionismo y la dominación: vigencia de Kropotkin

Caminante, no hay camino

se hace camino al andar...

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.

(Machado)

Si bien las primeras sociedades esclavistas justificaron la dominación y la jerarquía con la existencia de seres celestiales creadores de todo cuanto existe sobre la Tierra, que dictaban el orden social, a partir de un momento dado la esclavitud y la jerarquía se empezaron a justificar también por la propia naturaleza. Aristóteles ya afirmó que la superioridad del hombre sobre la mujer, sobre l@s niñ@s o sobre los extranjeros eran cosas naturales, y durante veintitantos siglos el pensamiento humano ha mantenido la inferioridad social de la mujer por la naturaleza inferior del sexo femenino, etc. etc.

Así no es de extrañar que cuando las teorías sobre la evolución de las especies irrumpieron en el mundo científico en el siglo XIX, enseguida estuvieron mediatizadas por su aplicación al orden social, para tratar de justificar la dominación y la jerarquía social. Dos escuelas de pensamiento sobre la evolución se enfrentaron entonces, la que representaba Darwin y la que representaba Kropotkin. En el capítulo 1 de El Asalto al Hades traté de explicar la vigencia de la teoría de Kropotkin en línea con la teoría actual de la simbiogénesis (Lynn Margulis), la autopoyésis y la autorregulación (Maturana y Varela).

La simbiogénesis explica la génesis de una forma orgánica por la simbiosis de dos formas orgánicas más simples. La célula eucariota se originó con la simbiosis de una célula sin núcleo con una bacteria. La célula eucariota resultante de la simbiosis integró y fijó la interacción cooperativa entre las dos formas orgánicas autónomas (la célula sin núcleo y la bacteria). Cuando se encontró una bacteria fósil con la misma estructura que la del ADN, se consideró demostrada la simbiogénesis, la teoría evolutiva desarrollada por Márgulis. Y sin embargo yo creo que la prueba más evidente del mecanismo simbiogenético de la evolución, es el propio modelo de organización de los complejos conjuntos de sistemas que, por ejemplo y sin ir más lejos, forman nuestro propio cuerpo: la sinergia

El sorprendente funcionamiento de los conjuntos hipercomplejos de sistemas, órganos, células, moléculas, etc., con millones de relaciones simultáneas, en todas las direcciones y sentidos, en todos los niveles de organización (molecular, celular, etc.), de un modo unísono y armónico, se explica por el mecanismo simbio-genético de integración de lo simple en lo complejo, según el cual es el propio desarrollo de la forma simple quien hace la unión para constituir una forma más compleja. La sinergia se hace desde lo simple y con el impulso de la forma de vida más simple, cuya autorregulación y dinámica propia no se anula sino que pasa a formar parte de lo más complejo. Por eso cada parte que integra un organismo complejo ‘sabe’ lo que tiene que hacer y lo hace sin que nadie se lo diga, sin línea de mandos ni jerarquía. La vida y su diversidad es una filo-génesis de 3 mil millones de años; es así, funciona así y no tiene parangón con diseño artificial alguno. La ayuda mutua que Kropotkin contemplaba en las estepas rusas, se ha confirmado en la vida microscópica, explicando la evolución como un proceso de asentamiento de la interacción cooperativa.

La simbiogénesis explica también la autopoyesis, la capacidad de la vida de hacerse a sí misma; explica que en la evolución no ha habido ni hay nada predeterminado, sino que son los fenómenos los que se suceden unos a otros, y que dan lugar a la diversidad de las formas y ecosistemas, (necesariamente interrelacionados); una variedad y una diversidad de formas cuya panorámica de conjunto nos muestra el camino y el mecanismo de su formación.

A veces he escuchado el argumento de que la similitud de las formas, como la de las espirales o las estructuras helicoidales, es una prueba de que responden a un diseño predeterminado. Una vez más aquí se invierte la relación causa-efecto: la espiral o la estructura helicoidal lo que muestran es el movimiento pulsátil de la vida, la huella de la pulsación de todo corpúsculo de vida, que fija ese tipo de formas. Lo mismo que el movimiento de todas las partículas de materia producen a menudo ondas. Machado lo explicaba muy bien con sus versos: no hay camino, se hace camino al andar/ caminante, no hay camino sino estelas en la mar. Las espirales y las estructuras helicoidales son las estelas que deja la vida en el caminar de su evolución.

La autopoyésis, como explicó Humberto Maturana se refiere a esta cualidad de la vida de hacerse a sí misma, sin diseñador ni creador, de la cual se deriva otra cualidad importantísima también: su capacidad de autorregulación.

También sigue vigente Kropotkin en este aspecto: sin llegar a acuñar un nuevo concepto, también habló de la autopoyesis y de la indeterminación de los fenómenos:

Lo que se llamaba ‘Ley natural’ no es más que una cierta relación entre fenómenos que vemos confusamente… es decir, si un fenómeno determinado se produce en determinadas condiciones, seguiríase otro fenómeno determinado. No hay ley alguna aparte de los fenómenos: es cada fenómeno el que gobierna lo que le sigue, no la ley. No hay nada preconcebido en lo que llamamos armonía de lo natural. El azar de colisiones y encuentros ha bastado para demostrarlo. Este fenómeno perdurará siglos porque la adaptación, el equilibrio que representa, ha tardado siglos en asentarlo.

Y también:

Tras fijar toda su atención en el sol y los grandes planetas, los astrónomos están empezando a estudiar ahora los cuerpos infinitamente pequeños que pueblan el universo. Y descubren que los espacios interplanetarios e interestelares se hallan poblados y cruzados en todas direcciones imaginables por pequeños enjambres de materia, invisibles, infinitamente pequeños cuando se consideran los corpúsculos por separado, pero omnipotentes por su número. Son estos cuerpos infinitamente pequeños… los que analizan hoy los astrónomos buscando explicación… a los movimientos que animan sus partes, y la armonía del conjunto. Otro paso más, y pronto la gravitación universal misma no será más que el resultado de todos los movimientos desordenados e incoherentes de esos cuerpos infinitamente pequeños: de oscilaciones de átomos que actúan en todas las direcciones posibles. Así, el centro, el orígen de la fuerza, antiguamente trasladado de la tierra al sol, vuelve a estar hoy desparramado y diseminado. Está en todas partes y en ninguna. Como el astrónomo, percibimos que los sistemas solares son obra de cuerpos infinitamente pequeños; que el poder que se suponía gobernaba el sistema es él mismo sólo resultado de la colisión de estos racimos infinitamente pequeños de materia; que la armonía de los sistemas estelares sólo lo es por consecuencia y resultante de todos esos innumerables movimientos que se unen, completan y equilibran recíprocamente. Con esta nueva concepción, cambia la visión general del universo. La idea de que una fuerza gobernaba el mundo, de una ley preestablecida, de una armonía preconcebida, desaparece y deja paso a la armonía que vislumbró Fourier: la que resulta de los movimientos incoherentes y desordenados de innumerables agrupaciones de materia, cada una siguiendo su propio curso y manteniéndose todas en equilibrio mutuo.

Parecía imposible una regresión del pensamiento científico al creacionismo, pero es lo que está sucediendo y hoy el enfrentamiento entre Darwin y Kropotkin ha sido desplazado por el enfrentamiento entre el darwinismo y el creacionismo.

Desde mi punto de vista y de mis escasos conocimientos, ni el darwinismo ni el creacionismo explican la evolución de la vida, cómo es y cómo funciona; y precisamente por eso sirven para justificar la esclavitud, la dominación y la jerarquía social. El darwinismo sirve para justificar una jerarquía y una dominación que quedaría al arbitrio de las aptitudes o la capacidad de un@s para imponerse sobre l@s demás. Las creacionistas intentan justificar una dominación mabsoluta, en la que cada cual tendría su misión definida por el creador (llámese Ser Supremo, Dios, Universo consciente, etc.etc.: pues en un orden cósmico establecido y predeterminado, también está predeterminada la función y la misión que cada cual debe cumplir y que se transmite por la línea de mandos, en cuya cúspide estaría el creador y en el grado inmediato inferior sus mensajeros y sus intérpretes, y luego toda una variedad de funcionarios encargados de vigilar que cada cual cumpla su misión, por las buenas o por las malas. El creacionismo es la justificación de un tipo de sociedad esclavista como la antigua hinduista (Código de Manú, etc.), en la que además, o en lugar, de prohibir tal o cual cosa, se encomienda una misión que cumplir. Mientras que los códigos de prohibiciones de cosas concretas deja un margen de maniobra para lo demás, la misión esclaviza la vida entera, por más que a cambio te ofrezcan 'la paz de los muertos', la tranquilidad de la protección del Poder: 'el Sol de la tranquilidad' que está detrás de todos tus actos y que te acompaña, como dice el anuncio publicitario. La misión es peor para l@s esclav@s que la retahila de órdenes concretas, porque esclaviza más, pero es mejor para el Poder porque es más eficaz en términos de extorsión y saqueo de la vida.

Al definirse desde arriba lo que cada vida humana debe realizar, se tiene que bloquear la dinámica interna de esa vida (por eso el Tabú del Sexo está históricamente asociado a la esclavitud, y por eso ahora se recrudece con un nuevas estrategias de congelación del sistema libidinal humano, para una mayor represión de los sentimientos encubierta con el eufemismo del control emocional).

El creacionismo claro está, no destaca la simbiogénesis ni la sinergia como organización resultante del proceso evolutivo, una sinergia que se construye con el movimiento pulsátil, propio e interno y autorregulado de cada ser vivo. Por el contrario, tiene un especial interés en mostrar a los seres vivos sin dinámica propia y la jerarquía como algo natural, porque detrás del creacionismo en todas sus variantes, hoy como ayer, está la justificación de la dominación.

La Mimosa, marzo 2010

domingo, 4 de abril de 2010

Los límites y la complacencia

....Recientemente me han preguntado si era verdad en términos absolutos una afirmación que hice de que nunca había recibido una orden ni de mi madre ni de mi padre, pues parece que una cosa así es difícil de creer en el mundo en el que vivimos; y sin embargo tengo que decir que sí, que es absolutamente cierto, en términos absolutos.
....La verdad simple y sencilla es que amar es complacer al ser amado, y si yo deseo complacer los deseos de los seres que amo, y si los seres que me aman desean complacer mis deseos, las órdenes carecen de sentido. El sistema libidinal es el sistema de relación humano normal, que para eso existe. Las órdenes y la obediencia pertenecen a un sistema jerárquico artificial.
....Complacer a los seres queridos es una cualidad del amor, una cualidad humana; no es cosa exclusiva de las madres-marujas que no tienen nada mejor a lo que dedicarse. Decirlo tendría que resultar casi tautológico, sino fuera por el magma dogmático que impide ver lo evidente.
....Cuando ocurre que unos y otros deseos son incompatibles (yo quiero ir al cine y tú quieres ir al fútbol, por ejemplo), se hablan las cosas para tomar una decisión, pero fijémonos que los argumentos que cada cual emplea en general son para favorecer el cumplimiento del deseo del otr@. Entre seres que se quieren no se resuelven las cosas con la imposición de la voluntad de un@ sobre la del otr@, las dificultades transcurren por otro camino.
....Y ello es así por la cualidad de la libido, que hace que la felicidad o el bienestar del ser amado sea mi felicidad y mi bienestar: en ello consiste la relación amorosa, que no tiene nada de mágico ni de espiritual, como lo prueba la producción de endorfinas y de las hormonas del estado amoroso; y como lo prueba también la propia sensación y percepción corporal de ese estado amoroso, lo que sentimos, y cómo se fija lo que sentimos, los sentimientos. Los sentimientos que fijan, hacen y conforman la estructura psíquica para la complacencia. Todas las sublimaciones y misticismos se hacen tan sólo para justificar la existencia de lo que sentimos en el estado amoroso, y arrebatarle su función de relación fraterna.
....La actitud general de una madre o de un padre de complacer los deseos de sus hij@s es fundamental para que crezcan desarrollando también su capacidad de complacencia y de amar. Dicha actitud implica una confianza en la capacidad de amar de las criaturas humanas y en que se pueden desarrollar de ese modo. En este contexto dar una orden es una ofensa y una humillación, un atentado a la integridad y a la dignidad de sus hij@s, y supone la desnaturalización de las relaciones entre madre-padre e hij@s.
....Quiero precisar que el empleo del término ‘vía’ (vía de la complacencia o vía de la autoridad) es porque efectivamente no se trata de actitudes concretas o puntuales, sino de la actitud general que se desprende del estado amoroso, y de las relaciones dinámicas que se establecen desde ese estado.
....Si desde el principio una criatura ha sido tratada con actitud amorosa y complaciente, su actitud general será también amorosa y complaciente; y a nadie se le ocurre plantear las cosas en términos de órdenes y de obediencia; tales cosas ocurrirán en el colegio, porque allí es otra cosa, no son relaciones desde los estados amorosos.
....Si una criatura desde el principio es tratada con órdenes y sus deseos han sido tratados como caprichos improcedentes, las cosas transcurren por otro camino diferente. El camino de la guerra con l@s niñ@s, de los berrinches, de las pataletas, de los chantajes, etc. Pero aquí lo que he observado es que quizá no a la primera, pero sí a la segunda o a la tercera, la criatura humana es capaz de reaccionar y de situarse en la vía de la confianza y de la complacencia, porque todavía no tiene demasiado atrofiada su capacidad amatoria.
....Lo que la situación actual esconde es que hay una falsa noción del amor. Lo que se llama amor no es amor verdadero. En el estado amoroso a nadie se le ocurre dar órdenes, sino hablar, explicar las cosas, aplicarse en la resolución de las decisiones con mutuo mimo y cuidado, para conseguir lo mejor para el ser querido.
....Detrás de la vía autoritaria hay una ignorancia de lo que es la criatura humana, una ignorancia y una desconfianza en sus capacidades y cualidades.

....¿Es posible entonces educar “sin poner límites”? ¿Por qué la mayoría de los padres creen que es necesario “poner límites”?
....Los límites no tienen nada que ver con el tipo de relación entre las personas que se encuentran dentro de esos límites. La complacencia se produce siempre dentro de unos límites, de lo que es posible.
....La cuestión no está en los límites (los límites se utilizan como excusa), sino en el tipo de relación desde la que se abordan los límites, lo que podemos o no podemos hacer. Los padres siguen la inercia social y desconocen la vía de la complacencia porque nadie la practicó nunca con ell@s, y por ello no saben que existe ni saben cómo son sus hij@s y de lo que son capaces. Desconocen la capacidad de amar, de complacer, de entender, de tener iniciativas y de ser responsables de sus actos, es decir, las cualidades de sus hij@s. Y tratándoles como si no tuvieran esas cualidades, como si fueran egoístas, tontos, inútiles, irresponsables, etc., les atrofian y les hacen egoístas, tontos, inútiles e irresponsables. Esto es lo que explica Ruth Benedict en su Continuities and Discontinuities in cultural conditioning. Detrás de la supuesta protección que damos a nuestr@s hij@s lo que se ejerce es una mutilación de sus principales cualidades, un bloqueo de su desarrollo justo en el momento en el que depende su formación. Este es uno de los aspectos más importante de ese magma dogmático que sustenta nuestra sociedad basada en la dominación: no sabemos de que están hechas las criaturas humanas.
....La preguntas y el asombro que suscita mi afirmación de que ni mi madre ni mi padre me dieron jamás una orden, ni grande ni pequeña, da la medida del dogma que sustenta la dominación. ¡Si hasta la relación con la carne de mi carne tiene que ser de imposición y de dominación, como no va a ser así en el resto de la sociedad¡ Y sin embargo lo que tendría que ser difícil de creer sería lo contrario, que una madre o un padre mantuvieran con sus hij@s una relación otra que no fuera la basada en la complacencia.
....En resumidas cuentas, cuando se ama a una persona se desea complacer sus deseos para hacerla feliz. Y si esa persona también me ama, también desea complacer mis deseos para hacerme feliz. La relación entre las dos personas es de mutua complacencia, y en una relación de mutua complacencia las órdenes carecen de sentido.
....Ciertamente la cuestión suscitada nos coloca en la frontera del dogma conceptual básico de la dominación.

La Mimosa, marzo 2010

lunes, 8 de marzo de 2010

A LA VERDAD - Lope de Vega

Hija del tiempo, que en el siglo de oro
viviste hermosa y cándida en la tierra,
de donde la mentira te destierra
en esta fiera edad de hierro y lloro.

Santa verdad, dignísimo decoro
del mismo cielo, que tu sol encierra;
paz de nuestra mortal perpetua guerra,
y de los hombres el mayor tesoro.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Discurso de D.Quijote a unos cabreros - Miguel de Cervantes


Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones.

- Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquélla venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes. A nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más para la defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia. Aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra, entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y la llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había asentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar, ni quien fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, solas y señeras, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento las menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta, porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el agasajo y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.
Toda esta larga arenga, que se pudiera muy bien excusar, dijo nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le trajeron a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho asimesmo callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que, por que se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque.


jueves, 19 de noviembre de 2009

La degeneración de la raza humana por la pérdida de sus cualidades fundamentales (nov. 2009)


Un gobierno entregado al espíritu de invasión y de conquista, debería corromper a una porción del pueblo para que le sirviera activamente en sus empresas… tendría que actuar sobre el resto de la nación de la que reclamaría la obediencia pasiva y los sacrificios con objeto de enturbiar su razón, de falsear su juicio, de trastornar sus ideas.

Benjamin Constant (1809) Sobre el espíritu de conquista y la usurpación

No hay mayor ni más sotil ladrón que el doméstico; y así mueren más de los confiados que de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan pasar bien las gentes del mundo, si no se fía y se confía.

Cervantes.

1.- La reciprocidad como elemento clave de la libido.-

Cuando una persona recibe amistad, confianza y afecto, está recibiendo algo que es propio del ser humano y que mana de su integridad psicosomática; es decir, la amistad y el afecto no es una norma de una cultura sino, en todo caso, se hizo cultura cultivando algo que brota de forma espontánea de nuestras pulsiones orgánicas, las cuales promueven el derramamiento del afecto sincero y de la conducta amorosa entre los congéneres; derramamientos convertidos en miradas, caricias, besos, abrazos, palabras, risas (de las que suben del vientre, no las de las máscaras), mimos, deseo, pasión, y toda una gama diversa e infinita -pues es específica de cada proceso ontogénico- de complicidades y de complacencias (*). Una mirada amorosa nos conecta con un bebé de 2, 3, 4 meses, que nos corresponde con su mirada amorosa; le sonreímos y nos devuelve también la sonrisa; frotamos nuestra cara contra su cuerpecito, y se ríe a carcajadas. El género humano somos, estamos hechos así.

La reacción de cualquier ser humano que no haya sufrido algún proceso de degeneración grave, ante una entrega afectiva, es responder de la misma manera, sincera y espontánea, que el bebé de tres meses, con la entrega recíproca de su amistad, de su confianza y de su afecto.

La reciprocidad es un elemento clave de la libido; realiza la función de formación del grupo humano desde el origen de la especie, cientos de miles de años antes de que aparecieran las normas y las leyes de cualquier civilización humana. Esta función social de la libido es clave porque gracias a ella nuestra especie se fijó en la cadena evolutiva y se estableció en la biosfera. Como decía Goytisolo, “un hombre sólo, una mujer/son como polvo, no son nada”. Sin grupo, sin el tejido social del cuidado y del apoyo mutuo, la humanidad no hubiera sobrevivido.

La amistad, la entrega del afecto y de la confianza, desde siempre se ha considerado una cualidad básica de la condición humana. Y también sabemos que la amistad o es recíproca o no es tal amistad. Quebrar la reciprocidad traicionando a un amigo o a una amiga, era algo vil, una prueba de degeneración del ser humano. Claro que como decía Cervantes, siempre ha sido más fácil engañar a quien confía en ti que al cauto, y por ello solía ser lo más rentable y lo más sórdido al mismo tiempo.

Cuando una persona engaña a otra y finge entregar amistad, confianza y afecto, con el objeto de extorsionarla o manipularla, está desplegando una voluntad de dominio, y está negando su propia capacidad de amar y de entendimiento, corrompiendo sus propias facultades humanas. Convencida quizá de su superioridad por el ejercicio de Poder, en realidad se ha convertido en un subproducto degradado de la especie humana. Es posible que l@s que las élites dominantes mantengan la creencia de la superioridad y de la grandeza del Poder, como cortina de humo para ocultar la degeneración que padecen l@s que la practican.

El Poder crea el campo de batalla y decide el tipo de armamento de cada guerra. Cuando las personas se dan cuenta de la guerra en la que viven, de que hay gente dedicada a la falsedad y a la mentira, automáticamente pierden el estado de confianza y pasan a reprimir los impulsos espontáneos de afecto y de reciprocidad. De manera que a medida que se extiende la guerra y la congelación del sistema libidinal, aumenta la robotización de los cuerpos y la degeneración de la raza humana.

La reciprocidad es una cualidad de la vida en general. Amo naturalmente a quien me ama, decía Lope de Vega, resumiendo con su ingenio poético, en un solo verso, todo esto de que la reciprocidad es característica de las cosas de la vida.


Unos indios de una tribu chinook del noroeste del Pacífico (tierra de Seattle) tenían un término, ‘potlach’, (derivado del nootka ‘patshatl’), que era algo equivalente a nuestro ‘donar’; pero ellos precisaban que ello no significaba sólo ‘dar’ sino ‘dar-recibir-devolver’ (1)


Según Marcel Mauss (2) la noción de ‘potlach’ es la misma que la noción del ‘hau’, referida por el maorí Ranapari al antropólogo Elsdon Best en 1909 (3). El maorí Ranapari le explicó a Best, que si alguien te da algo, no puedes quedarte con el ‘hau’ de ese algo, sino que tienes que devolverlo. El ‘hau’ era algo así como la empatía –algunos lo traducen por ‘espíritu’- que acompaña el objeto regalado, no el objeto mismo.


El hecho de que estas tribus indígenas tuvieran un concepto para designar lo que en nuestras lenguas son tres acciones diferentes, para las que necesitamos tres verbos diferentes (‘dar-recibir-devolver’), significa que en su observación de la fenomenología de la vida no veían tres sino una sola acción, un solo proceso. Tan concatenado y continuo era el dar-recibir-devolver que para ell@s era un solo fenómeno, el ‘hau’ o el ‘postlach’, que expresaba el modo de funcionar el bosque y de la vida en general; el maorí Ranapari empleaba el término ‘hau’ tanto para expresar el modo de funcionar del bosque, como las relaciones humanas: dar-recibir-devolver.


La sabiduría y la intuición de las poblaciones indígenas, que vivían en contacto con la madre tierra, les hacía comprender que los seres humanos debemos vivir en sintonía con el ‘hau’, que no se puede vivir contradiciendo de manera sistemática el modo de funcionar de la naturaleza, que para su mantenimiento y desarrollo, se ha dotado de todos los sistemas que dicho funcionamiento requiere.

Como decían Maturana y Varela (4) todos los seres vivos somos organizacionalmente cerrados (con capacidad de autorregulación interna) e in-formacionalmente abiertos (nuestra formación se hizo en, y requiere de, un intercambio continuo con otros seres vivos, de nuestra misma especie y de otras). La autorregulación de cada ser vivo tiene una cierta autonomía pero depende de la apertura y de la relación externa.

Para mantenerse vivo, cualquier ente orgánico precisa conservar la organización interna, ‘el cierre’ que asegura su autorregulación (defenderse de las agresiones externas que puedan quebrantar dicha autorregulación), y ‘la apertura’, la relación con los seres de su entorno y de su hábitat. (’Cierre’ y ‘apertura’ son términos nuestros que aquí tienen poco que ver con el concepto de cierre y apertura de puertas o ventanas; es una manera de expresar, a falta de otros conceptos, el modo de fluir y remansarse de la vida orgánica, su equilibrio sinérgico).

En la especie humana, el hau del bosque es la libido, el sistema fisiológico sexual, con una función de apertura, derramamiento y aceptación entre unos seres humanos y otros.

La dignidad es un sentimiento que producimos para proteger ‘el cierre’, nuestra integridad individual. La in-dignación (investirse de dignidad) es el sentimiento de rechazo a la agresión al objeto de recuperar nuestra integridad. La dignidad y la in-dignación brotan de nuestra integridad original y no tienen nada que ver con el orgullo, la soberbia, etc., y otras características de la formación y adaptación psíquica al ejercicio de la dominación y/o de la sumisión (el ego). Las criaturas humanas reaccionamos con nuestra dignidad ante las agresiones e intentos de bloquear el ‘hau’. La dignidad no es un valor ético, es un sentimiento, una cualidad humana.

El proceso de sometimiento a la dominación es siempre un proceso de pérdida del sentimiento de la dignidad, una pérdida de una cualidad in-formacional.

La libido no es una cualidad psicosomática cualquiera, es una característica básica del ser humano, imprescindible para la supervivencia de la especie. Creo que si por ejemplo se produjera una mutación que nos hiciera a tod@s coj@s, cieg@s o sord@s, seguramente sobreviviríamos; pero no podemos sobrevivir sin el sistema sexual (y no sólo por la cuestión reproductiva, que seguramente podría realizarse in vitro y en un laboratorio).

La función de la líbido ha sido el tema central de otros escritos míos (5) y aquí no me voy a referir a dicha función general; sólo voy a referirme a algunos aspectos que a menudo pasan desapercibidos, desde esta perspectiva de la reciprocidad.

La ternura, por ejemplo, que sentimos hacia un perrito o perrita recién nacidas, o hacia un cachorro o cachorra mamífera cualquiera, es también una producción de nuestro sistema libidinal. Todo el mundo experimenta esa especie de cosquilleo y de tierna inclinación ante la presencia de algún cachorro. Incluso los cuerpos más acorazados se derriten momentáneamente ante un corderit@ o un gatit@ recién nacid@s. ‘Ternero’ y ‘ternura’ vienen de tierno, y ‘corderito’ forma parte de nuestro léxico amoroso.

Parece oportuno recordar, por si todavía alguien duda de que cosas como la ternura o el afecto o la amistad formen parte del sistema libidinal y de la fisiología sexual, que estas manifestaciones amorosas ya han sido comprobadas en términos hormonales (niveles de oxitocina en comidas familiares, en meriendas de amigas, etc.).

La criatura recién nacida induce a sus mayores la ternura, una respuesta sentimental para recibir el cuidado y protección que necesita. La ternura es un sentimiento acompañado de emoción, y en los cuerpos que conservan alguna integridad, el sentimiento arraiga con mucha fuerza: no es una emoción pasajera.

Hay que decir ya, que la reducción de los sentimientos a emociones es una parte de la estrategia actual de represión de la líbido. Los sentimientos que a lo largo de la vida vamos sintiendo (valga la redundancia), a veces intensos, a veces más ligeros, son nuestro esqueleto psíquico, la raigambre que da consistencia a la criatura humana, a diferencia de las emociones que acompañan los sentimientos, que son más o menos pasajeras. Pero en los últimos años cada vez se emplea más la palabra ‘emoción’ para hablar no sólo de las emociones sino también de los sentimientos, como si todo fuera lo mismo. El resultado es que se acaban considerando ‘emociones’ lo que en realidad son sentimientos. Esta confusión no es inocente, porque mientras que el control y la manipulación de los sentimientos lo identificamos como algo que atenta a la integridad de los seres humanos, ‘el control de las emociones’ se acepta con normalidad, como una conducta adaptativa que no afecta a nuestra integridad. Este reduccionismo es una estrategia conductista al servicio de la dominación.

El reduccionismo funciona porque las emociones son reales -lo que no es real es su descontextualización y la eliminación de los sentimientos en tanto que columna vertebral de nuestra integridad psíquica. Sin los sentimientos, perdemos nuestra consistencia, nuestras raíces en nuestra gente, en nuestro entorno, y nos convertimos en seres manipulables a conveniencia. No tiene pues nada de inocente.

También luego comentaré la descontextualización como técnica discursiva para modificar la interpretación de la fenomenología de la vida, como se está haciendo con las emociones, que una vez sacadas de su contexto, se reinsertan a conveniencia. Así formalmente no se niega el fenómeno, pero se desvirtúa su función. El reduccionismo, la extrapolación y, en general, la descontextualización son mecanismos habituales que nos encontramos a menudo para modificar la interpretación de la vida; lo que por ejemplo se hace también con la depredación de las especies, la agresividad defensiva, etc., para afirmar aquello de que ‘el hombre es un lobo para el hombre’ y que llevamos la guerra y la dominación en los genes, etc.. (6)

No se niega formalmente la ternura, pero se anula su función, queda en hibernación, en estado de no funcionamiento. Entonces se pueden introducir las pautas de conducta dictadas por los expertos, que a menudo contradicen nuestros sentimientos y nuestras emociones. Para la dominación es importante hacernos inconsistentes, hacer inoperantes nuestros sentimientos y su sabiduría, y por eso lo de reducirlos a emociones para así pautar su control en caso de que emerjan; y dejarnos en disposición de seguir el dictado del método, sea el de Estivill o el Canguro. Inoperantes nuestras pulsiones amorosas, descontextualizadas las emociones y obviados los sentimientos, podemos dejar llorar a nuestro bebé y seguir considerándonos madres que amamos a nuestras criaturas.

Despiezadas las mujeres y los hombres, despiezado el sistema libidinal, el amor se convierte en un concepto abstracto que se acomoda a todos los engaños posibles. La sabiduría popular, y también alguna canción, para hablar del amor verdadero decían ‘amor del bueno’, reconociendo de algún modo que en este mundo abundan muchas clases de amor que no son buenos.

Cuando ponemos nuestra confianza en el método, lo que hacemos es que lo anteponemos como criterio de conducta al impulso del deseo y a la ternura. La práctica continua de las metodologías trae consigo la relegación y el desplazamiento de los impulsos libidinales, y así es como el engaño se retroalimenta. Luego, poco a poco, los impulsos dejan de producirse o se inhiben inconscientemente, y las pautas diseñadas artificialmente se hacen costumbre y cultura.

Si la criatura no recibe amor, no produce amor; su sistema libidinal se estanca, se inhibe, queda reprimido; entonces se produce el contraefecto de esta contención, la agresividad y la violencia. Como la represión del amor se produce de manera invisible, también se hace invisible el origen de la violencia y del fratricidio, lo que permite presentarlos como naturales, e insertar el discurso del tánatos innato, de la naturaleza violenta del ser humano y su predisposición para la guerra. Así es como se puede, sin negar formalmente el amor materno ni la ternura, cambiar la capacidad de amar y la capacidad para la ternura, por la capacidad para dominar y para ejercer la crueldad. Sustraído el sistema libidinal de la organización humana, se introduce la dominación y la guerra.

El amor del bueno se hace un bien escaso, y se llama amor a un sucedáneo de amor que es un producto psicosomático de los cuerpos en pie de guerra. Y así seguimos diciendo que amamos a quien reprimimos, a quien dominamos, a quien arrebatamos su libertad, a quien poseemos, a quien hacemos sufrir, (te pego porque te quiero/ quien bien te quiere te hará llorar, etc.), y tan convencid@s puesto que no hemos conocido otra cosa.

La correlación entre la falta amor corporal en la infancia y la violencia fue mostrada por J.W.Prescott en 1975 (7); así como la correlación entre el grado de libertad sexual en las mujeres (que está asociada al amor primario) y el grado de violencia. Este estudio se realizó en 49 pueblos no industrializados, obteniendo Prescott una correlación del 98 %; una posterior revisión del estudio de Prescott mostró que se había equivocado y que la correlación era del 100 %. Esto quiere decir que hay un cero por ciento de posibilidades de que un ser humano libidinalmente saciado desde el nacimiento sea una persona violenta. Esta correlación posteriormente se ha comprobado en términos neurológicos: por un lado, se ha comprobado que la formación del sistema neurológico desde las 14/16 semanas de gestación no está genéticamente pautada y depende de la relación libidinal con el entorno; y por otro, que la adaptación de este sistema en formación, puede o bien desarrollar la capacidad para empatizar o bien la capacidad para la indiferencia y para la crueldad, según el tipo de interacción de la criatura con su entorno. Así es como neurológicamente se ha probado también que un entorno de congelación libidinal desarrolla criaturas predispuestas para la violencia. En 1985 un grupo de científicos bajo el patrocinio de la UNESCO (8) firmaron una declaración en este sentido, afirmando que es falso que la violencia esté genéticamente determinada y que la predisposición para la guerra forme parte de la naturaleza humana. Así pues el discurso del tánatos innato está científicamente desmentido y quien lo sostiene miente a sabiendas.

El origen de la violencia de hecho se conocía ya en el patriarcado primitivo. Los vikingos colgaban a los bebés de un árbol bajo la nieve, y los espartanos los tiraban montaña abajo, para que el acorazamiento de los supervivientes les convirtiera en guerreros capacitados para la crueldad. Eran formas bruscas de congelación del sistema libidinal; ahora son más sutiles, lentas e invisibles (como lo de hacer creer a las mujeres que el abrazo materno es un método, para sustraer el deseo del abrazo).

El diseño artificial de la vida humana crea una realidad autojustificativa: se ejerce una represión sutil y arbitraria para provocar una reacción violenta que justifique la represión abierta. Lo mismo en la crianza que en la acción política. El terrorismo se inventó hace mucho tiempo para justificar la represión y la guerra (el hundimiento del Maine, un buque de la armada estadounidense, a finales del siglo XIX por los propios norteamericanos para tener un motivo para declarar la guerra a España, es un ejemplo).

A pesar de que, como digo, fisiológica y antropológicamente se conoce perfectamente el origen de la violencia (9), el discurso del tánatos innato está omnipresente en nuestra sociedad, y se publicita y propaga continuamente, a sabiendas de su falsedad; se separan las criaturas de sus madres, y se proponen pautas de educación basadas en las creencias fratricidas, que desarrollan la competitividad (o tú o yo), la represión y la violencia. Sin embargo, nadie podrá convencer jamás a una madre, a poco amor materno que haya producido, que su bebé recién nacido tiene un ápice de maldad o de tánatos innato. El deseo materno es un enemigo radical de la dominación, porque pone en evidencia el estado original de la vida humana, a saber: que yo no puedo ser sin ti.

La ternura, por mucho que se la quiera descontextualizar, es un ejemplo de la función social de la reciprocidad del sistema libidinal. La industria de los muñecos de peluche, que representan la imagen del pequeñ@ cachorr@, descansa en esta frustración de la líbido amorosa hacia las pequeñas criaturas, lo mismo que la industria de los pezones de plástico descansa en la frustración del deseo materno. La universalidad y cuantía de dichas industrias dan indicación de la universalidad y cuantía de la frustración de nuestras cualidades primarias, y por lo mismo, son una prueba de la existencia de las mismas. En otros escritos míos he explicado más extensamente los argumentos y las pruebas que he encontrado para respaldar mi convicción de que el destino (filogenéticamente establecido) de todos los cuerpos es hacerse regazo y no coraza, es decir, vivir en fraternidad/sororidad y no en fratricidio.

Y ahora se están produciendo también muñecos de aspecto robótico y con rostros no humanos, para acompañar la robotización de la maternidad y de las relaciones humanas. ¿Llegará quizá el día en que la industria de los peluches se reconvertirá en industria de muñecos de rostros robóticos?

Nos hacen creer que no sabemos nada del cuidado de las criaturas, y nos empleamos en aprender los métodos y las pautas que dictan los expertos, y mientras nos aplicamos a ello, dejamos inoperantes nuestros impulsos amorosos con su función básica de interacción libidinal, y con toda su sabiduría. Además, la complacencia es la verdadera vía del aprendizaje, la que respeta y da satisfacción a la curiosidad del niño o de la niña. Esta curiosidad crece exponencialmente a medida que se satisface, y entonces se acrecienta la búsqueda del conocimiento y se multiplica el esfuerzo y la dedicación al estudio. La situación actual del o de la estudiante es esperpéntica por lo alejada que está de lo que podría ser de un sistema de aprendizaje respetuoso con los jóvenes seres humanos.

La reciprocidad libidinal comporta también dos cualidades bien conocidas que han caracterizado al ser humano: la generosidad y la gratitud.

La generosidad es un impulso amoroso hacia otra persona, un afán de complacer; es decir, la generosidad es un acto de derramamiento sin más objeto que el propio derramamiento, por el placer que produce la complacencia, y el gusto que produce el derramamiento propio; a diferencia de cuando se da esperando algo a cambio, lo cual es ya un indicador del deterioro del sistema orgánico corporal, que funciona robóticamente conteniendo las pulsiones del derramamiento, y también del deterioro del tejido social que hace posible la corrupción orgánica. La generosidad es el impulso de ‘dar’, que forma parte de lo que los indígenas antes mencionados llamaban ‘hau’. Es el derramamiento o la exudación del cuerpo, su apertura hacia el entorno. La gente que goza tanto regalando como recibiendo regalos puede comprender lo que digo; la otra, no lo sé con seguridad. He comprobado que hay gente que, a base de funcionar en el fratricidio imperante y de practicar sólo el trueque (no digamos si practica el saqueo), desconoce lo que es el derramamiento y su goce, y no puede entender el funcionamiento de la vida (lo cual es en sí mismo un terrible indicador del deterioro y degeneración de la especie humana).

La generosidad y la hospitalidad son cualidades humanas universalmente encontradas en pueblos sin dominación ni jerarquías, por historiado@s y antropólog@s que en los dos últimos siglos hicieron ‘trabajo de campo’. Cualidades referidas incluso por los propios conquistadores y viajeros de siglos anteriores. El asombro que manifiestan el propio Colón, o Bartolomé de las Casas, o el Capitán Cook, ante las manifestaciones de generosidad de las gentes que se encontraban, es una prueba de su ignorancia del funcionamiento de la vida y de no tener otro conocimiento que el del fratricidio. Tenemos también las referencias de la literatura antigua, a la llamada Edad Dorada o Antigua, recogidas por nuestros literatos más ilustres que leían el griego y el latín directamente (Cervantes, Lope de Vega, Góngora), sin mencionar lo que nos cuenta Bachofen en su famosa Introducción del Das Mutterrecht (10).

Gentes que daban lo mejor que tenían, como pura expresión de su humanidad, como desarrollo normal y espontáneo de sus facultades humanas. De hecho esta generosidad todavía existe como prueba irrefutable de toda la nobleza humana (Luis Cernuda), y lo sé porque he tenido el privilegio y la suerte de conocerla. Mis padres y mis hermanos, pese a toda la persecución sufrida, la practicaron, y no solo mis padres y mis hermanos, sino también varias personas más. Si busco las pruebas y escribo para manifestar mi convicción sobre las cualidades y la bondad innata del ser humano, es para dar fe de que las he conocido.

La generosidad y la hospitalidad son inversamente proporcionales al grado, menos o más absoluto, de devastación del ‘hau’ y de implantación de la dominación y de la competencia fratricida. La dominación nos individualiza, impide el flujo libidinal, corrompe la condición humana, cambia el derramamiento entre herman@s por la rivalidad y el saqueo: cambia el ‘yo no puedo ser sin ti’ por el ‘o tú o yo’.

Las personas generosas son complacientes e incapaces de dominar. Ni mi madre ni mi padre me dieron jamás una orden, ni grande ni pequeña; ni me obligaran a hacer cosa alguna, inculcándome así el respeto a la integridad del ser humano. El no recibir órdenes (no tener que someterse, ni verse nunca en la tesitura de tener que obedecer) es fundamental para la salvaguarda y desarrollo de la integridad psicosomática y de las facultades humanas, incluida la curiosidad y las ganas de saber. El sometimiento a los padres es un chantaje afectivo, porque el grandísimo amor filial que les profesamos hace posible la neutralización del sentimiento de in-dignación. Y este es el primer paso de la criatura humana para adaptarse a la dominación en general. Esta es la rendición básica e iniciática de la integridad humana, cuya explicación está recogida en la obra de Alice Miller.

Si todo el esfuerzo que los padres y las madres de hoy dedican a inculcar límites y disciplina a sus hij@s, se aplicara a cultivar y proteger sus facultades y capacidades ¡qué diferente sería la condición de la infancia y la noción del estudio! ¡Y qué cosa tan diferente sería el amor entre padres/madres e hij@s!

Todo el enfoque de la infancia y de la educación está trastocado y pervertido por la noción que tenemos de lo que es un ser humano, por la ignorancia y el dogma establecido al respecto sobre nuestras cualidades in-formacionales.

La gratitud es un sentimiento interior que también cursa con placer: es el propio derramamiento inducido por algún tipo de entrega libidinal. No tiene nada que ver con la gratitud formal ante un regalo realizado, por ejemplo, sólo en cumplimiento del protocolo social, que es diferente de la gratitud como producción libidinal en respuesta a algún tipo de ‘regalo’ o derramamiento de otro sistema libidinal. Es el impulso de ‘devolver’ del ‘hau’ del bosque. La gratitud forma parte de las reacciones de reciprocidad y es un producto libidinal característico de la condición humana. El dicho de ser agradecidos es de biennacidos’, no se refiere al cumplimiento de una norma social, sino a una producción sentimental.

Vuelvo a precisar que no estoy hablando de ‘valores’ o de moral, sino de cualidades orgánicas in-formacionales de la especie humana.

En general siempre ha habido un tipo de normas sociales que han acompañado, o al menos recubierto algo de producción libidinal. Los seres humanos hemos seguido produciendo gratitud verdadera y sincera por debajo de las normas establecidas. Pero ahora la extensión de la competencia y del fratricidio deja cada vez menos margen para dicha producción.

No hay normas ni diseño artificial de la conducta humana que pueda sustituir la función de la líbido. El acorazamiento psicosomático, la represión del deseo y de los sentimientos, seguido de la imposición de pautas de conductas de sustitución, producen un daño y un sufrimiento comprobados neurológicamente (11) y psicológicamente (12); luego, aparecen las lesiones psicológicas crónicas, objeto de tratamiento cada vez más generalizado a lo largo de toda la vida de las personas; pero además, la robotización de la conducta humana llevada a los extremos a los que estamos llegando, supone una degeneración de nuestra especie de dimensiones y consecuencias que no podemos imaginar.

La antropología académica ha asociado la aparición de la dominación (el Patriarcado) con la prohibición de la sexualidad espontánea, lo que se conoce como el Tabú del Sexo. El Tabú del Sexo, históricamente registrado, es por sí mismo prueba de la incompatibilidad de la dominación con el sistema sexual humano. Desde Freud se ha pretendido que esta incompatibilidad del sistema sexual se refería a la civilización en general, con el argumento de que la civilización requiere de una determinada represión de los instintos (el supuesto tánatos innato) y de las pulsiones sexuales (presentadas como asociales). Sin embargo, los datos históricos y arqueológicos han probado la existencia de civilizaciones y culturas ‘de celebración de la vida’, en sintonía con el ‘hau’ y con la madre tierra (13), en sintonía con el sistema sexual humano, previas al Patriarcado, desmintiendo esta impostura.

Pese a la aparente libertad formal de la sexualidad, hoy su represión se realiza con una triple estrategia: una es la de silenciar sus elementos básicos (el deseo indiferenciado y la capacidad orgástica del cuerpo humano), enterrando el desarrollo de la sexología científica del siglo pasado; la segunda, promover la práctica del sexo pautada, sin deseo o con el deseo artificialmente codificado (la tecnosexología); y la tercera, malignizar la pulsión sexual, asociándola a la agresión y a la violencia.

Me había extendido más sobre el nuevo orden de represión de la sexualidad, los nuevos camuflajes de la represión de siempre, ahora más sutil y también más absoluta que nunca, gracias a la tecnosexología, a la práctica del sexo en estado de congelación del sistema libidinal, con la ayuda de las viagras, lubricantes vaginales, etc. Las nuevas formas de represión de la sexualidad merecen una especial atención porque son un elemento clave de la degeneración de la raza humana; pero hay tanto que decir, que he creído mejor tratarlo por separado en otro escrito.

La libido tiene una herramienta muy importante para realizar su función: la capacidad humana del lenguaje. La líbido y el lenguaje juntas constituyen la capacidad de entendimiento y de sociabilidad propia y característica del ser humano.

2.- La palabra.-

La capacidad del lenguaje se ha asociado a nuestra condición humana, como una de nuestras cualidades básicas.

Decía un indio de América del Norte, no recuerdo su nombre ni dónde lo he leído, que la palabra del hombre blanco no servía para lo mismo que la palabra del piel roja; que la palabra del hombre blanco tenía una función diferente: la palabra del hombre blanco servía para engañar y la del piel roja para entenderse (14).

De manera sencilla este indio explicaba la corrupción de una importantísima cualidad humana, básica para nuestro entendimiento y sociabilidad.

La palabra sirve para entendernos, la mentira para engañarnos y practicar el fratricidio y la dominación.

La voluntad de dominio corrompe la palabra y produce la mentira para cambiar el entendimiento entre los seres humanos por la dominación de unos seres humanos sobre otros. La mentira es una herramienta de la dominación.

No hace mucho existía todavía a este respecto la noción de la integridad humana, y se decía que una persona ‘no tenía doblez’ para referir dicha integridad; o que era una persona ‘de palabra’, o sea que no estaba corrompida y lo que decía era la verdad y se atenía a ella; que no engañaba ni mentía. Hoy casi hemos perdido esta noción. La doblez y la mentira prosperan impidiendo el desarrollo del entendimiento humano y el funcionamiento de la libido. Sustituyen las relaciones humanas impulsadas por la libido, por la amistad interesada o los matrimonios de conveniencia, la ternura por la crueldad, la complacencia por la dominación, la maternidad por un sucedáneo robotizado, el abrazo materno por una metodología, etc. La industria y la tecnología en lugar de ayudar y favorecer el entendimiento entre los seres humanos, se dedican a fabricar los sucedáneos y los artilugios requeridos por la mecánica de la dominación.

Desde sus orígenes, la mentira ha estado unida a la dominación y a la represión sexual. En el comienzo del patriarcado, se inventaron falsos seres todopoderosos (extra-terrenales y/o sobre-naturales, que habitaban en los cielos, en definitiva, invisibles o intangibles), que dictaban las normas contra-natura: el sometimiento de la mujer, la esclavitud y la servidumbre a las castas dominantes, la sublimación de la líbido, la justificación del saqueo y del botín, la defensa de la apropiación individual, etc. Los dirigentes de las castas dominadoras, sacerdotes o reyes, decían por ejemplo, que un tal Yavé que habitaba los cielos les había dado unos mandamientos (Moisés), o que Marduk, otro invisible e intangible habitante celestial, había ordenado unas leyes (Hammurabi), o Brahama, el Ser Supremo del hinduismo, un código que establecía las castas y las respectivas misiones que cada una de ellas debía cumplir para alcanzar la unión con el Ser Supremo (los sudras o casta de los siervos, según el Código de Manú, tenía como única misión servir a las tres castas superiores, los sacerdotes, los guerreros y los comerciantes).

Dios o el Ser Supremo era al mismo tiempo el dictador de las órdenes y el objeto de la sublimación de la líbido: puesto que la felicidad era la unión con Dios, con el Ser Supremo, lo cual se lograba cumpliendo las leyes o misiones que ordenaba.

Los primeros seres celestiales que representaron y simbolizaron la voluntad de dominio, fueron representaciones del Sol, que en tanto que fuente de energía extra-terrenal fue elegido como símbolo de la dominación sobre la vida, y como representación de la excelsa superioridad, lo mismo que a la pobre águila le tocó ser el símbolo de la destrucción de la sexualidad femenina y de la matrística (15); son las religiones que se conocen como religiones solares o heliopónticas. El imperio romano, que practicó la dominación de forma terrorífica y cruel, consagró también Roma al Sol Invicto (Aureliano, 274 d.c.), y llevó su símbolo, la esvástica (establecida como tal símbolo en los orígenes de la dominación aria, en el 3000 a.c. (16)), junto con el águila, en los estandartes de sus legiones y falanges; mientras la población civil, dividida entre patricios, plebey@s y esclav@s, forjaban su capacitación para la crueldad de forma masiva en los circos, contemplando matanzas de gladiadores o cómo los leones devoraban a gentes indefensas. Como dice Constant, la dominación requiere también la corrupción de las personas que no están arriba de la pirámide jerárquica. Cuando hacemos turismo y visitamos las ruinas de los circos romanos, tan abundantes por cierto, deberíamos ver algo más que piedras viejas, y empezar a reflexionar sobre la crueldad y el sufrimiento que comporta la dominación. Con el arte y la historia que nos enseñaron en el colegio, nos colaron sutilmente la justificación de la guerra, de la crueldad y del sufrimiento humano.

Los mitos deben contemplarse como una gran sofisticación de la mentira, que alcanzó cotas de elaboración y de propagación altísimas para bloquear el hau de la vida, para congelar el sistema libidinal: todas las civilizaciones de la dominación descansan en algún mito (en general acompañado de prácticas rituales y de ceremonias para disciplinar el cuerpo y controlar/sublimar sus pulsiones) de similar contenido, desde el punto de vista de la fenomenología de la vida, tanto en Oriente como en Occidente.

Una característica común de todos los mitos se centra en el sometimiento de la mujer, en obligarla a renunciar a sus costumbres y a su sexualidad, sustentadoras de las formaciones sociales y culturales en sintonía con el hau. Por eso, en todas las mitologías existen dioses y héroes solares que matan a la serpiente o al toro (o becerro) representantes de la sexualidad femenina.

Cada mito cuenta una historia falaz que oculta la devastación originaria de los pueblos matrísticos: ya sean los cuentos sobre los drávidas (el pueblo indígena de la India, llamado pueblo de la tierra y de la serpiente) que quedaron convertidos en la casta de los parias o intocables, lo último de la escala social; o los de la Biblia sobre los pueblos mesopotámicos, o la literatura griega, como La Iliada, considerada como la primera obra literaria de nuestra civilización, que se escribió para falsear el sentido de la guerra de Troya (17), así como otros mitos escritos para establecer el matricidio (Edipo, Orestes, etc.) y aplastar el recuerdo de la matrística en la Vieja Europa (18).

El sometimiento y la aceptación de la inferioridad de un@s respecto al sexo dominante o a la casta superior o al adult@, desde los comienzos ha requerido del engaño; y tan importante ha sido y es para la dominación la tarea del engaño, que siempre la casta superior dentro de las castas superiores, ha sido la de los sacerdotes (levitas, brahamanes), los encargados de establecer las mentiras y mantener a punto la impostura general. Hoy la tarea del mantenimiento de la mentira, se llama ‘inteligencia’, y los sacerdotes ya no justifican su autoridad en una supuesta relación privilegiada con los dioses. Pero, al igual que los sacerdotes del patriarcado primitivo, están en la cúspide de la pirámide social.

En la evolución de algunos pueblos de cazadores-recolectores, que en el siglo pasado presentaban formas de dominación y jerarquía en un estado muy incipiente, se ha podido comprobar que la aparición de dichas formas de dominación y jerarquía, acontecía con la aparición del chamán que dirigía los rituales. (19). La etimología de la palabra ‘jerarquía’ (archos = Poder; hyeros = sagrado) también revela este aspecto del origen de la dominación, como señala la mismísima Riane Eisler: a saber que la primera casta dominadora fueron los sacerdotes o representantes de las divinidades (20) porque su tarea de promover el engaño y la sublimación de las pulsiones vitales era y es el ejercicio básico de la dominación.

También ‘baal’, el nombre del dios solar de los semitas, significaba dominación, y se decía por ejemplo que tal señor era el ‘baal’ del campo, o el ‘baal’ de su mujer; es decir, dios y dominación eran la misma cosa.

Según el Código de Manú la casta sacerdotal está por encima de las otras dos castas dominantes, que sustentan el Poder militar y el Poder económico; otra cosa es que si a estos dos Poderes no les gusta como sus sacerdotes llevan las cosas, siempre se pueden aliar y llevar a cabo un golpe Estado para cambiarlos. Pero en cualquier caso, la escala jerárquica reconoce que el Poder requiere de manera prioritaria la puesta a punto de la mentira.

El ser humano, siendo lo que es, ofrece una resistencia natural a la dominación, por lo que la dominación siempre necesita de la fuerza física y de la mentira para imponerse y mantenerse. Siempre necesitará una casta sacerdotal para organizar el engaño y una casta de guerreros para imponer el dominio por la fuerza. Siempre necesitará corromper la capacidad de entendimiento y las cualidades básicas de un determinado número importante de seres humanos, jerárquicamente degradados. Si los seres humanos no fuéramos lo que somos, con las cualidades y capacidades que tenemos, efectivamente un diseño artificial podría mantenernos organizados como robots, nuestras conductas siguiendo los dictados y cumpliendo las misiones encomendadas sin resistencia y sin necesidad de mentiras y ni de amenaza física; pero siendo lo que somos, sólo puede mantenerse con la fuerza y la mentira, en guerra permanente contra la voluntad de entendimiento del ser humano: los brotes de in-dignación son y serán siempre recurrentes. La dominación no es una guerra como medio de conseguir un fin pacífico; la dominación es el medio para mantenerse a sí misma, es la guerra permanente de unos seres humanos contra otros, y por ello los medios y el fin se confunden.

La dominación, como medio y como fin, comporta la congelación libidinal y la guerra fratricida.

Es fácil de entender que la dominación no puede ejercerse de forma continuada sólo con la amenaza de la fuerza, y que necesita asociarse con la mentira; y también que la mentira sola no podría mantener la impostura y necesita de la amenaza física. Por eso Franco, que dejó todo atado y bien atado, instaló al mismo tiempo las bases militares estadounidenses y el conductismo en las facultades de psicología (eliminando el psicoanálisis, la sexología científica, etc.).

Incluso ahora, en la nueva era de la dominación invisible, de globalización de la mentira, con la mentira convertida en arma de destrucción masiva, la amenaza permanente de la fuerza es necesaria. El terror y el horror moral, que decía Coppola (Apocalipsis Now). Por eso los imperios tienen bases militares por doquier para que las cosas estén atadas y bien atadas.

El mantenimiento de la impostura, además de la censura y de la empresa engañosa permanente, de tanto en tanto también necesita hacer una ‘limpieza’ de los grupos humanos étnicos o sociales que desarrollan la crítica racional a la masacre y al terrorismo. Estos hitos han comportado quemas y eliminaciones masivas y selectivas de libros, brujas y herejes (la Inquisición, el nazismo, el franquismo), etc. etc. y se conocen históricamente como etapas de ‘oscurantismo’, (destinadas a que la gente no vea lo que hay, y a ocultar el conocimiento que siempre acaba siendo subversivo para la dominación). Creo que si la humanidad sobrevive, se contemplarán las últimas tres o cuatro últimas décadas como una de las épocas más oscurantistas de toda nuestra historia, tanto por la destrucción implacable del conocimiento, de brujas y de herejes, que ha tenido lugar, como por la producción masiva de mentiras y de falsos científic@s, por la renovación y extensión de viejas religiones y de viejos mitos, y por la creación nuevas religiones y de nuevos mitos.

La misma persecución a la palabra pone en evidencia que la dominación descansa en el engaño y en la mentira, pues si descansara en la verdad no tendría por qué temerla.

Junto con la capacidad de amar, la capacidad del lenguaje se opone a la dominación; promueve el conocimiento de la fenomenología de la vida, la solidaridad y el apoyo mutuo, la resistencia ante la dominación.

3.- La capacidad humana de entendimiento y el dogma básico.-

La palabra y la libido asociadas nos capacitan para el entendimiento y la sociabilidad natural humana. Son cualidades básicas in-formacionales de nuestra especie; es decir, cualidades asociadas a nuestra formación filogenética, que nos hacen ser lo que somos y no otra cosa.

Para que se entienda: la edad, el sexo, el color de la piel, la estatura, la fuerza física, etc. no son cualidades in-formacionales básicas, como sí lo son en cambio la líbido y la palabra.

No es casualidad que reiteradamente en la historia patriarcal hayan intentado hacernos creer que, por ejemplo, las mujeres o l@s negr@s éramos infrahuman@s, como hoy todavía sucede, sobre todo con la infancia. Diferencias dentro de nuestra misma especie, se descontextualizaban y se extrapolaban como si fueran diferencias entre seres humanos y seres no humanos, o bien servían para establecer funciones y categorías jerárquicas artificiales entre unos seres humanos y otros. Y mientras tanto, para someternos, se dedicaban a la devastación de nuestras cualidades verdaderamente básicas, las que nos distinguen como seres humanos en el conjunto de la biosfera.

Así, desde los orígenes de la dominación (5000 años aproximadamente), la líbido y la palabra han sido objeto de devastación, para sustituir la capacidad humana de entendimiento por la voluntad y la capacidad de dominar y saquear a los propios congéneres.

Esta sustitución no se hace a las claras, tal y como recomendaron algunos de los grandes padres del Patriarcado (para Platón la mejor de las leyes era la que impidiera que los jóvenes se dieran cuenta de lo que es bueno y de lo que es malo; para Pascal era imprescindible que el pueblo no se apercibiera de la impostura para que ésta no llegara rápidamente a su fin, etc.), y se realiza de manera subrepticia y fraudulenta, al objeto de normalizar y naturalizar la voluntad de dominación, como si fuera lo propio, consustancial al ser humano.

Como ha explicado Amparo Moreno (21), se ha logrado que identifiquemos lo humano con el prototipo de humano imbuido de voluntad y capacidad de dominio. Y se ha logrado que esta identificación se normalice como un dogma básico, cuyo cuestionamiento es casi inaccesible: es el dogma conceptual básico como lo calificara la antropóloga estadounidense Ruth Benedict, sobre el que descansa nuestra civilización. Para quien quiera un mejor entendimiento de esta identificación, me remito a la obra citada de Amparo Moreno.

Esta es la gran impostura, la madre de todas las imposturas, el dogma básico que subyace al discurso de la dominación: creer que el ser humano es el arquetipo viril que ha sido y es protagonista de nuestra historia patriarcal, una historia de guerra entre los sexos, de dominación, esclavitud, sufrimiento humano y saqueo. Creer que somos esto, que las criaturas humanas tienen un tánatos innato, que nuestr@s hij@s son tiran@s, vag@s y perezos@s, que la letra sólo con sangre entra, y que la paz de los sexos es sólo posible mediante un pacto de sometimiento a una regulación artificial y al matrimonio de conveniencia. Como decía también Amparo Moreno, quizá la persona más lúcida que he conocido en mi vida, la propagación de las creencias fratricidas y el respeto cómplice de la guerra está en nuestro sistema reglado de enseñanza. La guerra se respeta porque se justifica, por la indiferencia con la que se citan las innumerables guerras de nuestra historia silenciando el horror y el sufrimiento que implican. En el colegio aprendimos todas las guerras, sus nombres, sus fechas, sus conquistas, sus botines, sus líderes, sus banderas, sus armas: lo aprendimos todo excepto lo que es una guerra, cualquier guerra.

La civilización patriarcal no se define por la dominación del hombre sobre la mujer sino por el tipo de humano, masculino y femenino, que hace posible tal dominación, y que considera la guerra como un medio legítimo de conseguir lo que quiere (Aristóteles). Tampoco se define por la explotación y la expoliación del trabajo, el hambre, la prostitución, el matrimonio, etc., o cualquiera otra de sus características, sino por el tipo de sujeto capaz de todas las atrocidades e incongruencias de dicha civilización.

Sin embargo el dogma del arquetipo humano patriarcal se hace añicos con un solo dato: la civilización patriarcal tiene 5000 años y la humanidad se hizo un lugar en la biosfera y prosperó durante unos dos millones de años, gracias a sus cualidades básicas in-formacionales, a su capacidad de entendimiento; como diría Reich, gracias a su sistema económico sexual en el que descansa su sociabilidad natural.

El desarrollo de la sexología científica en el siglo pasado dio lugar a una nueva y joven ciencia llamada antropología sexual, que celebró su primer simposio en mayo de 1965 en Kentucky, USA (22). Este nuevo campo de conocimiento fue el resultado de cruzar la historia y la antropología con los hallazgos de la sexología científica, viniendo a dar la razón tanto a Bachofen como a Reich, que ya habían descubierto en las civilizaciones prepatriarcales, la función socializadora de los impulsos sexuales y del sistema sexual femenino y masculino.

La capacidad y la voluntad de dominio implican la existencia de seres sometidos a la dominación, relegados a categorías subordinadas. Cada categoría, cada casta tiene su misión que cumplir, dicen. La dominación por eso siempre trata de justificar la jerarquía y la segregación social, como si fueran elementos naturales de organización; a menudo convirtiendo la diversidad de funciones en una justificación de la jerarquía; pero no hay mayor complejidad de sistemas y diversidad de funciones que las que conforman a los seres vivos autopoyéticos y autorregulados, y no implican jerarquía alguna (23). En realidad, la jerarquización de las diferentes funciones tiene por objeto ejercer el dominio sobre dichas funciones y sobre el conjunto de la estructura. La viabilidad de la dominación depende de la jerarquización de sus estructuras.

Los seres excelentes y excelsos, los grandes, deben estar en la cúspide o constituyendo la élite dominante. Según las épocas, la justificación de la excelencia se asocia a unas cosas u a otras: desde los comienzos, la fuerza física fue una de las cualidades principales de la dominación (‘hercúleo’ viene de Hércules); la otra gran cualidad superior, la capacidad para forjar el engaño, también está desde los mismos orígenes: el montaje artificial y sus efectos especiales, lo que hoy eufemísticamente se llama ‘inteligencia artificial’ (eufemismo de la dominación totalitaria fascista).

La capacidad de entendimiento humano, la verdadera y básica cualidad humana, en cambio no nos segrega en castas superiores o inferiores, es universal, y pese a la gran diversidad del género humano, nos hace a todos y a todas iguales, en cuanto a nuestra condición y facultades básicas, y promociona la fraternidad y la sororidad humana.

4.- La reivindicación de las cualidades básicas in-formacionales del ser humano como única esperanza

La gente de mi generación crecimos preocupada por la injusticia y la desigualdad social: la situación de la mujer, tanta gente pobre malviviendo, conviviendo y sirviendo a la gente rica, la explotación del capitalismo, el imperialismo con sus guerras y la devastación de zonas enteras del mundo, etc.etc. Pero no nos preocupaba la supervivencia de la humanidad. Lo tomábamos como un hecho incondicional y definitivo. A pesar de la lacra de las desigualdades, de la pobreza, de la injusticia y de la guerra no sentíamos peligrar la existencia de la humanidad en nuestro planeta. No supimos ver que la civilización que había conducido a semejante situación tenía una componente suicida (biocida en general).

Hoy la preocupación ya no es la condición de la mujer, la pobreza o la guerra, sino la supervivencia de la humanidad, aunque por supuesto, todo está relacionado y causado por lo mismo. Quizá los ricos o la gente de derechas que siempre ha estado del lado de los poderosos, debieran también empezar a preocuparse y a cuestionar la civilización de la dominación.

Creímos haber visto toda la perversidad del monstruo de la dominación totalitaria en la primera mitad del siglo pasado, pero también nos equivocamos: el segundo Holocausto que se encadenó tras el aparente final de la II Guerra Mundial, invisible y selectivo, está siendo mucho más perverso y exterminador que el primero.

Es fácil entender el fin por los medios que se están empleando. Entre fin y medios, en este caso no es que haya una correspondencia, si no que hay una identificación, porque los medios ahora son ya el fin mismo. Es una progresiva congelación del sistema libidinal y de la capacidad de entendimiento humano, y su sustitución por las estructuras de la dominación.

Decía Cervantes que No hay mayor ni más sotil ladrón que el doméstico; y así, mueren más de los confiados que de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan pasar bien las gentes del mundo, si no se fía y se confía (24).

En esta citan se condensa lo que he tratado de exponer en este texto: es imposible que puedan pasar bien las gentes del mundo, si no se fía y se confía, es decir, si no vivimos según nuestra capacidad de entendimiento; y también la paradójica conclusión a la que llegamos, puesto que mueren más de los confiados que de los recatados.

Y digo paradójica, porque si es cierto que morimos más l@s confiad@s que l@s mentiros@s, ¿qué es lo que podemos hacer? Es una verdadera paradoja, porque ciertamente quienes fiamos y confiamos caemos como moscas y el cinismo, en cambio, es el sinónimo de la prosperidad. La política se me escapa, me resulta imposible. Respeto y entiendo a la gente que se dedica a la política; creo que hay que hacerla, que hay que luchar por regular y tratar de reducir las prácticas fratricidas, la guerra, los desmanes, el saqueo. Pero deberíamos de tener una política que se dedicase a ‘explotar nuestros yacimientos energéticos ’. Si la hipótesis sobre la capacidad de entendimiento humano es cierta, tenemos a nuestra disposición una fuente inagotable de energía para salvarnos. Otra cosa es cómo aprovecharla ahora, estando como está anegada, cómo hacer que mane el agua otra vez de la fuente. Algo y de modo urgente tenemos que hacer para promocionar nuestras cualidades que están ahí, no en contra si no a la vez que se hace política de regulación de la dominación.

Por otra parte, estoy convencida de que el desarrollo de nuestras cualidades humanas no sería cosa muy difícil si tan sólo hubiera noción de ellas. Hay desde luego una gente que tiene perfecta noción de las cualidades del ser humano: la que sabe lo que tiene que hacer para corromperlas (25). Tanto Juan Merelo-Barberá como Chimo Fernández de Castro (26), dos estudiosos de la historia de la sexualidad humana, recuerdo que decían que quien más sabía de la sexualidad era la Iglesia Católica. Pero creo que la inmensa mayoría no tiene noción de las cualidades y de la bondad innata del ser humano (el dogma conceptual básico en el inconsciente colectivo). Y lo digo porque si la gente tuviera noción de ello no daría el trato que da a sus hij@s; si tuviera noción de sus cualidades, en lugar de darles órdenes y ponerles límites, les facilitaría los medios para la expansión de sus deseos y de sus vidas; si tan sólo supiera de que están hech@s sus hij@s; porque las órdenes y los estrictos límites de la infancia de hoy, en el asfixiante marco de la familia nuclear, no sirven para desarrollar sus cualidades in-formacionales básicas, sino para modelarles como consumidores y esclavos de la nueva sociedad orwelliana. Creo que la gente no sabe lo que es una criatura humana y por eso se dedica a desvitalizarla. Y tampoco sabe, claro está, que sustrayendo la vitalidad de sus hij@s está forjando el diseño artificial de la dominación fascista.

Quiero decir con esto, que si se pudiera borrar la acción simbólica de ‘el dogma conceptual original’, tendríamos más de la mitad del camino recorrido para borrar del mapa a la dominación.

La declaración de 1985 del grupo de científicos bajo patrocinio de la UNESCO que he mencionado (8), puede que sea uno de los textos de trascendencia política más importante que se hayan escrito, porque es de los pocos que traspasa el dogma del fratricidio y del tánatos innato, y va en el sentido de recuperar la noción de lo que es el ser humano; apunta a nuestras capacidades y facultades básicas in-formacionales, y a la posibilidad de una convivencia humana que descanse en lo que realmente somos. Creo que la única esperanza y la única fuerza capaz de evitar nuestra extinción como especie es que la reivindicación de la condición humana se convierta en un gran sunami que se trague la voluntad y la capacidad de dominio. No creo que haya ninguna otra fuerza capaz de vencer al monstruo. Y por eso no creo que sea suficiente hacer políticas de regulación de la dominación, o tratar de ponerle límites como los del reconocimiento de los derechos humanos. Hacen falta políticas de expansión de las cualidades humanas, no sólo políticas de límites de la dominación.

No se trata de reivindicar valores o principios éticos, sino las cualidades de nuestra condición humana.

Donostia, noviembre 2009

Notas:

(Escrito fuera de mi lugar habitual de trabajo, no tengo a mano las fuentes que cito y doy las referencias de memoria)

(*) Uno de los efectos más perversos de la sociedad de la publicidad y del consumo es el machaque de la diversidad del gusto y del deseo humano: la dominación siempre necesita uniformar los objetos de su dominación, siempre la misma decoración de las casas, las mismas modas, la misma sonrisa en las máscaras de cartón piedra; en cambio la vida hace cada huella dactilar, el óvalo de cada cara, el matiz de cada sentimiento, y el deseo en cada beso, diferentes.

(1) Referido por Jesús Ibáñez en El Regreso del Sujeto, ed. Siglo XXI

(2) Ensayo sobre los dones. Motivo y forma de intercambio en las sociedades primitivas, en ‘Sociología y Antropología', Taurus, 1981.

(3) Best, E., Maori Forest Lore. Part III, en Transactions of the New Zealand Institute, 42, pp. 433-448

(4) Maturana y Varela, citados en el capítulo 1 de El Asalto al Hades

(5) Desde La Represión del deseo materno publicada en 1996, etc

(6) Desde la polémica entre Darwin y Kropotkin; polémica que por cierto, al menos situaba las cosas, enfrentando vida y dominación. Hoy, arrumbada la simbiogénesis como fenomenología imprescindible en la evolución de las formas de vida (Margulis/sagan), se nos presenta una falsa polémica entre dos corrientes que explican la evolución, el darwinismo y el creacionismo; pero ambas son las dos caras de una misma mentira que encubre la fenomenología de la vida, la falsificación del verdadero debate para que no se descubra la verdad de la vida y de su evolución: ni los fanáticos con su Dios creador todopoderoso, ni los cínicos con su capacidad para la violencia y la dominación pueden explicar la vida; la supervivencia de los más fuertes es una verdad relativa que se descontextualiza para ocultar que lo originario y básico de la vida son los procesos simbióticos, es decir, el apoyo mutuo (ver capítulo 1 de El Asalto al Hades y el artículo: La función orgánica y social de la sexualidad)

(7) Prescott , Body pleasure and the originis of violence, Bulletin of the Atomist Scientist, nov. 1975

(8) Esta declaración se puede descolgar en sites.google.com/site/recuperartextos).

(9) Sobre las aportaciones de la neurología al origen de la violencia, se puede ver lo que recogí en la ponencia: La represión del deseo materno y el matricidio a la luz de la neurología Jaca 2006

(10) Bachofen, Cervantes, Colón… citados y más extensamente tratado en el capítulo 1 de La sexualidad y el funcionamiento de la dominación; en el capítulo 2 de El Asalto al Hades, y también en el epílogo de La represión del deseo materno.

(11) La obra del neurólogo francés Henri Laborit (L’inhibition de l’action, La nouvelle grille, etc.) es una explicación del proceso neurológico patológico que subyace a la dominación. También Bergman (Restoring the original paradigm y ponencia Jornadas Paris 2005) explica, citando varios estudios, ‘el impacto de por vida’ que la separación de la madre del bebé produce en el sistema neurológico en formación. Hay un texto de Laborit publicado por la Unesco sobre el origen de la violencia que se puede descargar en la web de la Unesco; el documental y la ponencia de Bergman se pueden descargar en : sites.google.com/site/rescatandotextos

(12) Recogido en Schore etc., también citados por Bergman.

(13) Nikolas Platon y Jordi Pigem

(14) Creo que también en Ibáñez, El Regreso del Sujeto

(15) Ernest Borneman acuñó el concepto de matrística para las formaciones sociales prepatriarcales, criticando el uso de ‘matriarcado’ que etimológicamente significa ‘poder de las madres’.

(16) La esvástica es un símbolo clave de la dominación, que nos remonta a la devastación originaria de la sexualidad; la esvástica surge al cambiar el significado de las dobles espirales cruzadas que representaban los meridianos de placer (en la época previa a la dominación y al tabú de sexo, el placer fue objeto principal del arte prepatriarcal (ver el Asalto al Hades y Pariremos con placer)), por la representación del Sol en movimiento que sería la esvática girando. Los símbolos más arraigados de la matrística, que no podían ser masivamente eliminados del inconsciente colectivo, cambiaron su significado, lo que sucedió con las dobles espirales, que se transformó en el símbolo del sol, cuando éste se eligió como símbolo de la dominación masculina, y con la serpiente, que se convirtió en monstruo y en demonio. En el caso de las dobles espirales se cambia el contenido del ‘bien’, y en el caso de la serpiente, se cambia el ‘bien’ que representa por el ‘mal’.

(17) Explicado por Javier de Hoz en su introducción a la edición de Austral de La Iliada.

(18) La civilización de la Vieja Europa, según Marija Gimbutas, se extiende desde el octavo milenio antes de Cristo hasta su hundimiento que comienza a partir del tercer milenio con las últimas oleadas de las invasiones indoeuropeas. Ver capítulo II de El Asalto al Hades, en el que hago un resumen de la misma.

(19)Los estudios antropológicos de los cazadores-recolectores realizados en el siglo pasado están recogidos en la obra de John Zerzan El futuro primitivo.

(20) El cáliz y la espada, Riane Eisler

(21) Amparo Moreno, El arquetipo viril protagonista de la Historia, (La sal Ed. Des dones) y La ‘otra’ política de Aristóteles (Ed, Icaria).

(22) Este simposium se realizó en el contexto del Congreso de la Central States Anthropological Society, en Lexington, Kentucky. Participaron Messenger, Milton Altschuler, Gebhard, Donald Marshall, Harold Schneider y Robert Suggs. Las conclusiones fueron recogidas por The Institute for Sex Research de la Universidad de Indiana (el Instituto Kinsey). Referido por Ernest Borneman en la introducción de su libro: El Patriarcado.

(23) La distinción entre jerarquía y sinergia, la forma de organización de la vida, la he explicado con más detenimiento en el capítulo 1 de El Asalto al Hades, y en el artículo La función orgánica y social de la sexualidad ( www.casildarodriganez.org y sites.google.com/site/casildarodriganez.)

(24) Doy las gracias a Antonio Orejudo por esta cita de Cervantes en su columna El fin del mundo está cerca, publicada en El Público (octubre 2009).

(25) por ejemplo, sabe algo que casi nadie sabe, que el vínculo consanguíneo más fuerte e importante desde el punto de vista de la organización social natural, es el de madre-hija, el principio de la comadrería y de la urdimbre, la que hace raigambre y produce la consistencia del ser humano.

(26) Chimo Fernández Castro, La otra historia de la sexualidad, Martínez Roca, Barcelona, 1990.